LA TRAVESIA
Breves menciones antes de empezar
El prólogo es del escritor Gallego José Puentes, los capítulos uno, dos, tres y cuatro son míos, el V capítulo pertenece al escritor y novelista José Angel Muriel..Quien quiera que desea añadirse a la novela sólo tiene que enviarme un archivo de word a mi correo
Hola:
Aquí os mando la primera entrega de la Travesía. Empecé a escribirla con mi amigo el gallego José Puentes y nunca la terminamos. Espero animarme a continuarla. La introducción es de él y el resto de los capítulos son míos.
Aquí he encontrado una de sus páginas webs. Es francamente bueno y allí podréis leer uno de sus relatos
http://www.soria-goig.org/senderos/autores/jpuentes.htm
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La Travesía
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Introducción:
La carta (© 1997 Jose Puentes)
"TAAF. LUP. Amsterdam. Kerguelen. 1991".
El matasellos y las dos estampas francesas de las "Terres
australes antarctiques françaises", en un sobre dirigido a él, le
dejaron un poco atónito.
La letra no era conocida, pero al mirar al dorso de la carta
pudo ver el nombre de quien la remitía: Zé Dasilva. En ese instante
sonrió y dijo casi en voz alta: --el viejo Zé, ¿que se le habrá
perdido a éste por las islas de los mares del sur?
José Dasilva López era su nombre completo. Había nacido en la
Galicia de la postguerra, pero vivió en Portugal desde los cinco hasta
los treinta años.
De regreso trajo el Zé, su cultura autodidacta de
lector obstinado y tenaz, y la experiencia de trece o catorce empleos
distintos: aguador, camarero, administrativo, dependiente de comercio,
limpiabotas, pintor, viajante, etc.
Se conocieron a través de una amiga común hija de un armador,
que consiguió enrolarlo en un mercante cementero de ruta fija y
monótona, estrecho para sus ansias de aventurero oceánico. De ahí fue
de barco en barco, de puerto en puerto, con travesías cada vez más
largas, hasta que le perdió la pista en Arkhangel, en el Mar Blanco.
Desde allí le envió una postal en la que le hablaba de no se que
historia de un reino perdido en el Ártico, que leyó en un libro
lituano que le prestó un excombatiente gallego de la División Azul.
Todo eso en pocas líneas y sin más explicaciones.
Y ahora, después de cinco años, le enviaba una carta desde el
otro hemisferio. El papel estaba escrito con su letra:
Querido Manolo:
Cuando recibas ésta que ahora lees es posible que yo me
encuentre criando malvas --o camarones australes--. Se la he dejado
a un marinero pues ya no me quedan fuerzas ni para poner el sello.
Tu sabes que todos mis parientes están ya muertos y no quiero
desaparecer de este mundo sin que nadie sepa el porqué.
Desde la última vez que te escribí mi ánimo estuvo orientado a
la búsqueda del Reino Sin Nombre, allá en el ártico. Me marché de
Arkhangel con una obsesión que crecía según aumentaban las millas
que me separaban de aquel puerto. Al llegar a la Habana conseguí
enrolarme en un barco que se dirigía a Islandia.
En el libro aquel hablaba del Reino y lo situaba más al norte
de un archipiélago que yo identifiqué con él de Svalvard.
Tu ya sabes que, a parte de los libros, mis vicios no son
caros. Por eso tenía dinero ahorrado suficiente para sobrevivir varios
años en mi búsqueda.
Estuve dos enteros en Islandia hasta que pude ir en un
pesquero a Spitsbergen, en las Svalbard, y el verano pasado compré
allí un pequeño velero con motor, lo llené de víveres y marché hacia
el norte.
Más de nueve días estuve bogando sin encontrar nada cuando
todo se cubrió de niebla. Antes de amanecer me despertó el pitido de
alarma: la pantalla mostraba algo grande; demasiado para ser un
iceberg. Era una isla con montañas heladas y puntiagudas a la que
arribé tres horas más tarde.
A partir de ese momento, solo recuerdo que había llegado a
una playa de tierra negra, fangosa. Dejé aboyada la embarcación y
desembarqué. No se veía vegetación de ningún tipo, ni árboles ni
matorrales, todo seco, lleno de piedras como de corcho, pero muy
pesadas. Te puedes imaginar mi sorpresa cuando encontré huellas
humanas en dirección a la boca de una gruta, alta y estrecha, por la
que me decidí a entrar al ver luz en su interior. Desembocaba en una
cavidad mayor con la piedra de color rosa, luminosa y cálida; allí
había una ciudad entera con las casas en las paredes, con ascensores
que subían desde el suelo de una plaza enorme. No había visto más
que eso y a unas gentes con largas vestiduras, cuando recibí un golpe
en la cabeza.
Ignoro el tiempo que estuve inconsciente pero me recogió el
"Marion Dufresne", buque de aprovisionamiento de las islas
francesas antárticas. No se creen mi historia y no me extraña pues yo
tampoco les creía a ellos hasta que llegamos a la isla de Amsterdam,
que yo ya conocía.
Tengo una dolencia extraña que ablanda mis huesos y ya no
tengo esperanzas de llegar con vida a tierra, a un hospital. Hice
testamento delante de dos testigos y del capitán: te dejo como
heredero universal. Si muero, además de esta carta, recibirás por vía
diplomática los demás papeles.
Sé que tu me crees, te conozco bien, y yo necesito contárselo
a alguien que no dude de mis palabras, aunque sea por escrito.
Nos veremos en el último puerto, compañero.
Tu amigo Zé.
Cerró la carta con una sensación extraña en su alma, mezcla de
incredulidad y de pesadumbre.
Un mes más tarde recibió una notificación de su fallecimiento
y el requerimiento para que se presentara a recoger sus cosas
personales y su testamento en la embajada francesa.
Capítulo I: El legado
(© 1998 Rosa Estrada).
Allí, en la embajada francesa un funcionario malhumorado ante el que tuvo que acreditarse le hizo entrega de una caja ligera y voluminosa junto con un sobre cuyo remitente era José Dasilva. En éste se hallaba el testamento y otros papeles de igual relevancia.
Manolo Ferreiros Benvido no tuvo problemas con el idioma, hacía muchos años cuando era joven había vivido en Paris durante una larga temporada, más bien malvivido. Sabía lo suficiente para chapurrear algunas palabras y entender medianamente cuanto le decían pero odiaba el país y deseaba partir cuanto antes de él.
Cogió el avión nuevamente a Madrid, aun a pesar de que le aterrorizaba volar.
Una vez en Madrid, se dirigió a la parada de taxis más cercana, abrió
la puerta, se arrellanó en el asiento trasero y mostrando frente a los ojos del taxista madrileño un enorme billete, le ordenó que condujese su vehículo a toda leche hasta el hotel Trip donde se alojaba.
No había abierto la caja en ningún momento, sentía ante ella una sensación de miedo y congoja.
Miedo, aún no sabía por qué.
Lo único que tenía claro es que no abriría la caja de Ze hasta que no estuviese bien asentado en la silla de su habitación porque algo le decía que su contenido le provocaría sobresaltos.
Ya en la habitación, depositó la caja junto a su maleta, se mudó de ropa, solicitó por teléfono un güisqui bien cargado para prevenirse sobre lo que estaba por venir y llamó a su secretaria en la Coruña para darle algunas instrucciones sobre como obrar en su ausencia respecto a las citas concertadas en su agenda.
La tarde la gastó de paseo por el Retiro y luego con unas
cervezas en la Dehesa de la Villa. Después llegó la noche agitada de
insomnio, café y cigarrillos.
Aún no había clareado cuando se dispuso a quitarle el precinto
al embalaje y satisfacer aquella duda que le corroía.
Aquella caja no tenía nada de especial al menos en su apariencia exterior, era una caja de cartón completamente normal, aunque la sola
idea de hurgar en ella le producía un desasosiego que ni él mismo comprendía.
Algo le decía que iba al encuentro de esas oportunidades que sólo se
presentan una vez en la vida. Era el legado de Ze, la herencia que éste le había dejado. Pero:
¿Cual era su legado?
Manolo se rascó con una uña sucia la barba de tres días. Se miró en el espejo que tenía enfrente. Necesitaba urgentemente afeitarse y darse un baño, unas bolsas violáceas se arremolinaban bajo sus ojos producto de tantos días sin dormir y del cansancio del avión.
Se remangó las mangas de su camisa de cuadros y apuró el último cigarrillo que le quedaba.
Sacó con cuidado el contenido de la caja: varias guerreras
color caqui acartonadas por el salitre (no servían absolutamente para nada, únicamente para tirar a la basura) una botella de ron medio
vacía- eso sí que era un gran descubrimiento- una caja de montecristos enmohecidos que con un poco de suerte si se dejaban secar podían ser utilizados y diversos libros de bolsillo-del tipo que a Zé le gustaba leer-, también un gorro de lana…
Bajo todo el contenido de la caja encontró entonces algo, algo diferente, algo que no se parecía a ninguna de las cosas anteriores.
Era un libro de tapa de cuero color verde oliva, una antigüedad de incalculable valor a juzgar por la extraña lengua del manuscrito y por la hermosa policromía de sus ilustraciones.
Parecía un facsimil muy antiguo, con separadores de papel de seda para no dañar el papel de pergamino de las hojas y la policromía de los dibujos.
Pero el libro tenía un enorme defecto.
Le faltaban algunas hojas y era no como si se hubiesen estropeado con el paso del tiempo sino más bien como si alguien premeditadamente las hubiese arrancado de cuajo.
Si ese era el legado de Ze, valiente favor le había hecho, aunque intentase venderlo no sacaría nada por él.
Olvidó el libro y centró sus ojos cansados en otros objetos sin interés pero de un gran valor sentimental como aquella pipa con boquilla de marfil que le había regalado Manolo a Ze hacía años.
En ese momento, se produjo el hallazgo de la carta...
Introdujo el libro en la pequeña maleta que siempre le
acompañaba a todas partes y centró su atención en la carta.
--¡Está bien amigo!-- pensó para sí. --Sigues siendo el mismo
mal nacido intrigante.
El sobre contenía fotografías: aquí Zé ayudando a estibar un
buque japonés, allá vestido de cocinero mientras cortaba una pieza de
carne a golpe de machete, acullá con el capitán de un barco ruso
bebiendo vodka, en la siguiente con la postura de simular un combate a
pulso. La última era más bien extraña: en ella no aparecía su amigo
sino una madura mulata de rasgos orientales y profundos ojos azules
que debía rondar los cuarenta. La muchacha, vestida de militar, llevaba el rostro en parte cubierto con pinturas de camuflaje de esas que utiliza el ejército. En sus manos sostenía un fusil de asalto de
fabricación rusa, probablemente un AK4. Era un rostro con carácter. Le
dio la vuelta a la foto; el reverso era aún más intrigante:
La Perla del Obispo.
BAR RESTAURANT.
Obispo Nº 305 Apto. 1 altos.
E/ Habana y Aguiar.
Habana Vieja.
Absorto en su contemplación le sobresaltó un golpe seco en la
puerta. Al abrirla se encontró con el mismo recepcionista seco y estirado que le había atendido cuando llegó al hotel.
--¿Manuel Ferreiros Benvido?-- preguntó mientras llevaba la
mano al bolsillo de su pulcro traje de sastre.
--El mismo.-- Asintió con la cabeza. --¿Qué se le ofrece, señor?
--Olvidó su cartera en el mostrador. Gracias a ella pudimos
localizarle.-- Y continuó. –También se le cayó una carta.
Manolo no recordaba nada de una carta excepto aquella que había leído en la que Ze le hablaba de aquel extraño reino perdido, la única explicación posible es que ésta hubiese venido adherida a la caja en el fondo o en algún costado y que en un descuido se le hubiese caído.
Para otra vez tenga más cuidado.- Le dijo- Podría haberla cogido cualquier persona.
Vio que la carta perfectamente cerrada ponía su nombre escrito con el puño y letra de Ze.
Antes que le hubiese dado tiempo a darle las gracias ya había desaparecido por la escalera. Boquiabierto, cerró con cuidado y rasgó el papel preso de una creciente excitación.
En su interior había una reserva de avión a su nombre. Aquella
misma mañana la curiosidad le impulsaría a reorganizar su viaje y
tomar un vuelo regular de Iberia en busca de la persona retratada: aquella mujer que le miraba a través de sus profundos y rasgados ojos azules.
Manolo tenía pánico a volar. Era un miedo que nunca había superado.
La azafata rubia previno, a través del equipo de megafonía, el
inminente aterrizaje. Todos se apresuraron a ajustar los cinturones.
Por el contrario los de segunda, relegados durante ocho horas de vuelo
a no ver otra cosa que las alas del artefacto, se lanzaron en picado
hacia las ventanillas como niños traviesos. Querían ver las últimas
islas antes de tomar tierra.
Él se mantuvo pegado al asiento sin atreverse ni tan siquiera
a respirar, cruzados los dedos y musitando dios sabe cuantos
juramentos en memoria del ausente Ze. Aún a pesar del tranquilizante que se había tomado no era suficiente, debía haberse suministrado la cantidad que se suele dar a un caballo para permanecer tranquilo. Una simple pastillita no era suficiente, tenía taquicardias y un sudor frío perlaba su frente. Lo más horroroso era sufrir un colapso.
Tenía miedo que eso sucediera.
Siempre había odiado viajar; jamás superó esa sensación de vértigo y de miedo que le producía estar fuera de casa. Evidentemente lo hacía por negocios o por una razón de fuerza mayor como la que ahora le ocupaba: quería saber que relación existía entre la mujer y el fallecido aunque para ello tuviera que poner a prueba su fobia.
En poco tiempo ya había cogido tres aviones, uno para ir a Paris a buscar las pertenencias de Ze, otro para volver a Madrid y nuevamente otro para volar hacia Cuba.
Si no se le curaba la fobia después de tres viajes tan seguidos ya no sabía que más lo podía hacer.
Pero ahora era incapaz de pensar en otra cosa de que pasaría si el avión se estrellaba.
--No sería el primer caso ni el último, --repetía su compañero
de asiento, un joven elegantemente trajeado, con todo el aspecto de
uno de esos ejecutivos que toman en avión cada día para comprar el
periódico.
--Las pistas, --argüía, --son demasiado pequeñas y a veces un
error de cálculo puede acabar con el trasto en el mar. Creo que la de
la Habana es diminuta; claro, ¿qué se puede esperar de un país
tercermundista? ¡Imagínese todos los cadáveres por el agua! ¡qué
asco! --y seguía --¿Sabe qué el mayor índice de catástrofes aéreas
sucede durante los aterrizajes?... A propósito de eso, me sé un chiste
buenísimo. ¡Se lo cuento! En esto que iban un español, un inglés y un
alemán y no sabían que un mono pilotaba su avión y...
Manolo le miró con gesto de bulldog.
--¡No! Ya veo que no le hace gracia. –Continuó su gordo compañero de vuelo haciendo aspavientos con las manos. --Pero en
serio que le hubiera gustado... ¿Y qué me dice de la mascarilla?
¿Usted sabría usarla?... Esa preciosidad que viene por ahí ha
desgastado toda su saliva. En realidad es una mentirosa. Si llegase el
momento de la colisión, ¡ja!, seguro que ni usted ni yo sabríamos
ponernos el paracaídas y aunque así fuera ya sería demasiado tarde.
La azafata le hizo a Manolo una seña.
--¡Pero bueno, Rodríguez! ¿ya volvemos a las andadas? Haga
el favor y deje en paz a mis viajeros. ¡Siempre buscando la víctima
propiciatoria para asustarles!
--Es mi chica.- Sonrió como si el comentario de la azafata no hubiese hecho en él la menor mella- Hace años que nos conocemos y la quiero con locura aunque aunque diga tantas mentiras.
-¡Déjese de tonterías Rodríguez!- Replicó ella poniéndose frente a él con los brazos en jarras- Usted lo único que me suscita es pena. Así que abróchese el cinturón de una vez y como le digo deje de molestar a mi pasaje.
-¡Ya va! ¡Ya va!- obedeció él y luego dirigiéndose a Manolo le dijo- A ella le gusto. No sabe aún cuanto pero sé que le gusto. Ya sabe como son las mujeres ¿Y usted? ¿Está casado?
--Por Dios, --pensaba Manolo, --que alguien haga callar a este
tipo o no respondo de mis actos. Lleva todo el viaje contando calamidades aereas con la mayor naturalidad del mundo...
Las turbulencias le ponían nervioso, el ala del avión se
doblaba como si estuviese hecha de papel...
De pronto el aparato descendió bruscamente como si fuese a
estrellarse y le produjo una sensación de miedo horrorosa y náuseas
irrefrenables. Cerró los ojos y musitó una de las pocas oraciones que
recordaba de su niñez allá en su Galicia natal. Luego llegó el atronador ruido de los motores y el chirrido que producían las ruedas al friccionar la pista. Duró todo apenas unos instantes que a él le parecieron interminables.
Capítulo II: La Habana
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Al descender por la escalerilla una ráfaga de aire cálido
alborotó sus cabellos e infló su chaqueta como globo aerostático. Y
allí estaba él en el aeropuerto de la Habana ligero de equipaje; se
sentía tan extraño como si presenciara la interpretación de un autor
por el celuloide.
Contempló fascinado la marea humana que discurría en todas
direcciones: los mozos de cuerda, el personal de vuelo y los recién
llegados que como niños sumisos se alineaban en torno a las cabinas
aguardando su turno para hacer entrega de pasaportes y de visados. El
enorme despliegue de carabineros enfundados en ropas militares le
hicieron sentirse como cómplice de un delito o como si tuviese algo
que ocultar.
El camino que debía cubrir para alcanzar el objetivo era de
escasos metros: una cabina donde un militar alto y atlético revisaba
la documentación y, detrás de ésta, el escáner típico de todo
aeropuerto. Manolo aferró su maleta y avanzó con paso decidido
convenciéndose a sí mismo que dominaba la situación. Las puertas de
cristal se cerraron herméticas y le dejaron sólo ante el carabinero.
El negro echó una ojeada a sus papeles. Se sintió de pronto incapaz de
dominar aquel pánico irracional a la vez que consideraba lo grotesco y
absurdo de su temor.
--¿Trabaja? --Preguntó el otro secamente.
--Por supuesto --Respondió él con un nudo en la garganta. --
¿Algún problema, agente?.
Le extendió el pasaporte mientras esgrimía una sonrisa
forzada. --No, no. Claro que no. Es sólo una pregunta rutinaria. ¡Por
favor! Puede pasar. ¡Y qué tenga una feliz estancia en mi país!
Ante la revisión del escáner le fue imposible dominar su
nerviosismo. Eran muchos los equipajes requisados y muchas las
personas reclamadas por el altavoz. Aunque realmente no había motivo
para aquella incomodidad pues en su maleta apenas llevaba lo
imprescindible: unas pocas prendas de verano, jabón y pasta de
dientes, el libro lituano y algunos analgésicos para las migrañas. Por
eso emitió un suspiro de alivio al ver que finalmente salía lo suyo
por la cinta transportadora.
Al fondo, tras las puertas de amplios y claros cristales, se
agolpaba una multitud silente que portaba carteles de bienvenida o de
búsqueda.
Fue al atravesar aquella última puerta cuando sintió una
especie de tranquilidad. Se hallaba en la capital de Cuba, una ciudad
al extremo del mundo en la que imperaba un hermoso mestizaje; una
ciudad que combinaba modernidad y espíritu atávico; que era -como
alguien dijo- derruida y ajada por las inclemencias del tiempo, pero
aun esplendorosa como una perla blanca empastada en el azul del
malecón. Llena de ritmos calientes y gentes entrañables. Curioso
contraste entre el tráfico que fluía por las calles y el niño
encaramado a la palmera.
Pasó muchas horas recorriéndola en busca de "La Perla del
Obispo". Después de dar vueltas y más vueltas alrededor de la plaza y
de su catedral dio con un mercado en el que se exponía coral negro y
tallas de madera. Allí tuvo la enorme fortuna de hallar un
compatriota, un viejo relojero gallego venido a estas tierras para
hacer "las Américas". Le señaló entonces una edificación colonial de
sucias paredes dotada de un pequeño patio. Se trataba de un "paladar".
Manolo ascendió las empinadas escaleras hasta alcanzar el
primer piso. Era la hora de comer y todo estaba dispuesto. Había
varias personas además de él a la espera de que terminasen los otros
comensales para ocupar las mesas libres. El atareado personal iba y
venía sin tregua. Mientras aguardaba que alguien se percatase de su
presencia y le preguntase que deseaba, entabló conversación con unos
jóvenes andaluces que le amenizaron con sus chistes. También una
madura empleada le tendió el periódico Gramma e hizo que tomase
asiento cerca de un ventilador y de un papagayo de vivos colores.
El aire en el rostro fue al menos de alivio. Alrededor del
pecho su camisa creaba un cerco de sudor que aumentaba poco a poco.
Después de una hora más o menos la mujer volvió a acercarse
sonriente:
--Ya tiene la mesa dispuesta. Es esa del fondo. Así que cuando
usted guste... --Sin mirarle leyó los apuntes de una pequeña libreta.
--Tenemos para hoy una langosta enchilada bien rica o bien si usted lo
prefiere, Arroz Congrí, la especialidad de nuestra cocina criolla, y
también plátanos en tentación y coquimol...
--¡No! --la interrumpió. --¡No se moleste! En realidad no
tengo mucha hambre; me contento con un vaso de agua. Aunque disculpe
las molestias que le he causado y cóbreme como si hubiera comido.
A la mulata se le iluminaron los ojos al ver los dólares en su
mano: --¿En serio?
--Sí. --Insistió Manolo. --Un vaso de agua será suficiente.
Yo. --Susurró a su oído. --Yo estoy buscando a alguien. Aquí seguro
que tienen que conocerla. --Le mostró la foto y logró balbucir:
--Estaba..., estaba entre los efectos de un amigo español. Él se
llamaba José Dasilva López.
--¡Caramba, pero si es mi hija! ¡Ustedes los gallegos si que
son tremendos!. --La oyó mascullar mientras le daba la espalda y
volvía a encerrarse en la cocina olvidando su dinero.
Esta vez la voz se escuchó más fuerte del interior:
--¡Isabelita! ¡Isabelita! ¡Venga acá, mi niña! ¡Salga! que hay
ahí un gallego que la reclama. Pero dese prisa, mi amor, y no se me
demore que tiene mucho trabajo por delante.
--¡Ya voy, viejita...! --Respondió una voz más joven. --¿Cómo
dijo? ¿Como es la cosa, mi vieja? ¿Ha dicho un gallego?
--¿Y quien va a ser pues?. --Replicó la otra voz. --Tiene una
foto tuya. Debe ser ese compadre que salía en las letricas que le
enviaba Zé cuando era niña. Pero no me platique mucho que la veo
envuelta en problemas.
Una visión angelical surgió del interior de la cocina con un
vaso de agua en la mano. Era tal y como representaba la foto: alta,
espigada, exótica.
(© 1998 Rosa Estrada).
Capítulo III: Isabel
--¿Viene de parte del Zé? --Preguntó con los ojos muy
abiertos. --Usted debe ser Manolo Ferreiros. ¿Verdad? ¡Ande! ¡Dígame
que sí! Zé me hablaba mucho de usted en las letras que me leía la
vieja cuando yo era chiquita. Luego crecí y apenas me lo nombraba,
pero decía que algún día él vendría a llevarme a conocer todos esos
lugares lindos donde había estado, allá por las tierras frías.
--Sí. Soy Manuel Ferreiros Benvido.
--Le quitó el vaso de las manos y tragó el líquido con avidez. Se tomó unos minutos antes de continuar. --Recibí, entre las fotos de Zé, una en la que aparecías tu
y me picó tanto la curiosidad que quise venir a conocerte. No tengo ni
idea quien eres; espero que tú me lo digas.
Pero ella parecía no escuchar. Nunca había conocido a nadie
tan impetuoso.
--Ya saqué la cartilla de embarque y mañana tomo un mercante
en dirección a Francia. Transporta azucar y regresa acá cargado de
vehículos de desecho. Llevo tiempo formándome para cumplir los
requisitos. Tengo experiencia en la cocina y varios cursos realizados
de extinción y de prevención de incendios con maniobras prácticas en
barcos de verdad. ¡Y no tenga cuidado! --Golpeó contra la mesa de
madera un papel sucio y ajado en el que se veía estampado un sello del
ejército, después alegó con voz rotunda:
--Cuando era una pivita, allá por el setenta y cinco, marché
con el refuerzo que mi país enviaba a Angola para apoyar el movimiento
popular. --Ahora se puso triste como si la sombra de un fantasma
acabase de cruzar la estancia ensombreciendo sus ojos. --Pero a partir
de ese momento las cosas no fueron no fueron fáciles para mí, la vieja
y mami Chiisai.
--¡Tiempo! --Replicó aturrullado. --No te entiendo nada,
chica. Hablas muy rápido para mí. ¿Sabes? La cuestión es que en la
caja que me envió mi amigo -ya se lo he explicado a tu madre- hallé
esta foto. ¿Eres tú, verdad? No entiendo que hacía allí ni que
relación tenías con él. ¡Nunca me hablo de ti y yo conocía todas sus
cosas!
Ella miró con curiosidad la foto desde todos sus ángulos,
luego sonrió mostrando una dentadura perfecta.
--¡Vaya! Pues esa foto si que tiene años. Me retrataron en
Angola cuando andábamos siempre temerosos que nos alcanzaran las
bombas; no dejaba que el miedo me arrastrase y seguía avanzando;
formaba parte de mis emociones, pero yo no soy mujercita débil que
se amilane... Muchos compañeros se me fueron desangrados en los
brazos.
La vieja y mami sabrán arreglárselas sin mí. Y ahora --Clavó
las uñas en su brazo ejerciendo un ligera presión. --¡No quiero
esperar a que muera Fidel para salir del país!
--¡Oye! ¡Qué no, carajo! Que no me quiero meter en líos. Yo
sólo vine a conocerte ¿Cómo puedes proponerme una cosa así? ¡Ay,
Zé de mi alma, como me acuerdo de tí en estos momentos! ¡Cacho
Cabrón!. --Manolo intentó tranquilizarse, contó hasta diez y tomó
aire. --Mira Isabel, o como quiera que te llames, yo te comprendo pero
a veces las cosas no son tan fáciles.
La mujer guardó el papel en el bolso del delantal. Por unos
momentos parecía que rompería a llorar, pero no lo hizo, le sostuvo la
mirada con una furia que no le era ajena.
--Lástima! --Le increpó. -- Zé siempre dijo que los amigos
eran del corazón. Ahora no podré acompañarle en busca del Reino Sin
Nombre. ¡Usted, señor, me ha roto la ilusión. Si no me ayuda ya daré
con alguien que lo haga. ¡Permiso!
Ahora fue él quien se sintió sorprendido porque había visto un
brillo en sus ojos que era incapaz de descifrar.
--¡Espera!. --le dijo. -- Me das mucho miedo, Isabel. Estoy
pensando que tal vez pueda hacer algo por ti. Pero no aquí, en tu
trabajo, donde todos nos miran. Tal vez cuando acabes podríamos
reunirnos en algún sitio, ¡dónde tu me digas!
Le devolvió la mirada. Sus ojos eran de ese raro azul tiznado
de
ceniza que sólo tiene el mar embravecido de las costas gallegas. Eran
los ojos del finado Zé, los ojos de su amigo.
La voz surgió de su garganta suave ahora como un arrullo:
--¿Qué le parece a las tres y media en la Bodeguita de en
medio, Empedrado 207 entre Cuba y San Ignacio, cerca de la
catedral.
© 1998 Rosa Estrada).
Capítulo IV: La cita.
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Mientras llegaba la hora entretuvo su tiempo en contemplar los
numerosos artesanos, poetas y pintores que ejecutaban sus obras en
plena calle bajo la atenta mirada de los curiosos. En aquellos
momentos el sol comenzaba a calentar con fuerza y provocaba un
enrojecimiento, un prurito demasiado molesto. Traía bajo el brazo un
lienzo sin enmarcar adquirido a cambio de unos pocos dólares, una
verdadera obra de arte.
Manolo alzó la vista a la sobria fachada de la catedral y a
sus torres. Luego, con un gesto cansino, consultó el reloj aliviado al
descubrir que no llegaba tarde. En su deambular se cruzó con una
joven pareja y aprovechó para preguntar por la ubicación de la bodega
donde había quedado citado.
--Está cerquita de acá, compañero. --Respondieron con
amabilidad. --No estará errado. ¿Usted ve la catedral? Pues a su
mano izquierda, a pocas cuadras.
La Bodeguita de en Medio no se hallaba muy lejos tal y como le
habían indicado. El local a esa hora estaba atestado de gente,
principalmente turistas. Se hizo paso como pudo y tomó asiento en un
alto taburete cerca de la barra. En el interior divisó un amplio
comedor donde el bullicio se mezclaba con la música. Era un lugar
singular. Las paredes estaban cubiertas -hasta en los lugares más
inaccesibles- de fotos y de rúbricas famosas en buena convivencia con
las de cualquier visitante prendado de la estancia. El dueño, un
criollo bigotudo bastante afable, le manifestó que podría escribir si
así era su deseo. Añadió además que no se preocupase por el estado de
las paredes. Pero casi no quedaba un espacio libre donde imprimir su
firma y, por otra parte, tampoco le atraía mucho dejar a un lado su
anonimato.
Imitó a otro cliente al pedir un mojito. En pocos instantes el
vaso, con una capa de escarcha azucarada y una ramita de hierba
buena, estaba sobre la mesa. Retiró la hoja y pegó un sorbo a la
bebida. El líquido dulce y refrescante penetró en su garganta como un
bálsamo vivificante. Tenía un cierto regusto a menta. Enseguida quiso
conocer la composición del brebaje aunque el camarero mantenía una
conversación muy animada con un compadre campesino que acababa
de llegar y no oyó su pregunta. Una mano de afiladas uñas pintadas de
rojo se posó sobre su hombro al tiempo que una voz susurraba a su
espalda:
--Azúcar de caña. Una copita de ron Havana Club
blanco. Una ramita de hierba buena y hielo muy, pero que muy
troceado.
Giró el torso hacia la mujer. Tardó unos instantes en
reconocerla sin aquel sucio delantal. La morena de ojos celestiales
llevaba algunas partes de su cabello encrespado cubiertas con diminutas trenzas y un vaquero desgastado que dejaba al descubierto algunas partes de sus rodillas bronceadas. Él le indicó que
tomase asiento a su lado y le preguntó que deseaba tomar, pero ella
desechó su ofrecimiento y estrajo un cigarrillo y el encendedor del
bolso.
--Háblame de Zé, Isabel. --Más que una petición era una
súplica.
A medida que intimaban el ruido del local desaparecía. Sabía
que "el amigo de su madre", como le llamaba, era algo más que eso
aunque durante mucho tiempo se lo habían ocultado. No demostraba
demasiado afecto ni guardaba demasiados buenos recuerdos del padre
que la había reconocido legalmente y que ahora vivía en Miami junto a
otra mujer. Isabel había idealizado al otro, al que escribía aquellas
cosas tan bonitas desde países ignotos, al que nunca conoció sino a
través de sus cartas.
--¿Qué es de él? --Quiso saber. --¡Dígame! ¿Cómo le va? En la
última letrica me contaba no sé que de un libro lituano. Hablaba
maravillas de ese Reino sin Nombre. Decía que allá un los polos las
condiciones son extremas, pero que todo se andaría.
Aquello no hacía sino confirmar sus sospechas. Todo indicaba
que Isabel era el producto de una escapada de Zé, siempre con un amor
en cada puerto... Pero de que forma podría explicarle que había visto
con sus propios ojos su certificado de defunción si ella, con su
mirada, parecía navegar en los recuerdos...
--Quisiera reunirme con él. --Le explicó entornando
ligeramente los párpados. --Hace casi un año que dejé de recibir
noticias suyas. Debe ser que requisan nuestra correspondencia. Estará
en alguna parte de esas tierras lejanas. --Hizo una breve pausa y le
miró con ojos implorantes. --En el restaurant dijo que iba a hacer
algo por mí, gallego.
--No lo sé aún. --Se llevó las manos a la cabeza como si
sintiese de pronto una punzada dolorosa. Era el comienzo de una de sus
jaquecas. --No lo sé aún, Isabel, francamente no sé que decirte. Si te
soy sincero, no se me ocurre nada. Será mejor que salgamos de aquí,
tengo un dolor de cabeza insoportable y llevar este cuadro me resulta
muy embarazoso.
La tarde pasó casi sin darse cuenta y el dolor aflojó.
Continuaron su charla entre paseos, helados en Copellia, mientras
veían pasar bicicletas y hablaban de cosas comunes. En ellas siempre
aparecía desdibujado un hombre para el que viajar había sido toda su
vida. Un hombre fragmentado en los recuerdos de ambos.
Anochecía. La Habana comenzaba su sueño silencioso. El mar,
en el malecón, se impregnaba con los colores del ocaso. Al abrigo de
esta incipiente oscuridad la música Reague había cesado y dejaba paso
al murmullo de la rompiente que deslizaba hacia el mar las piedras de
cantería.
Se levantó, puso el cuadro bajo su brazo y se dispuso a
despedirse de ella con la intención de hacer en el hotel su reserva,
cuando ella insistió en que de ningún modo lo iba a consentir y que
aquella noche de destino incierto la pasarían en su casa.
Ella vivía en el último piso del número 256 del Vedado, uno de
los barrios más importantes de la Habana. Le guió de la mano a través
de un lóbrego garaje lleno de autos viejos, verdaderas reliquias
automovilísticas, entre las que se hallaba algún Buick aparcado.
Manolo no podía explicarse como aquellos trastos podían seguir
rodando. Los cubanos debían ser buenos mecánicos, reflexionó, porque
aquello sólo se veía en las películas.
La luz eléctrica brillaba por su ausencia. Isabel se movía
como un felino acostumbrado a la oscuridad. El ascensor -una especie
de montacargas con puertas de madera corredizas- hizo que se sintiese
como una especie de animal acorralado. Para tranquilizarlo
momentáneamente, Isabel dijo:
--No se preocupe, gallego, que ya estamos llegando. Aquí
siempre pasa lo mismo con la luz.
Un timbre sonó advirtiéndoles que habían alcanzado el piso. La
mujer abrió el ascensor. Caminaron a través de un pasillo en
penumbra, luego se detuvieron ante la entrada de la casa mientras ella
hurgaba en el interior de su bolso. Manolo se puso las gafas. Había
visto algo extraño en la puerta. No era el típico Cristo que decora
muchos hogares de España. "Patria Libre o Morir", así rezaba la
inscripción en caracteres dorados.
Forcejeó con la llave en la cerradura hasta que, finalmente,
la puerta cedió y dio paso a un salón iluminado lleno de recuerdos
familiares. Manolo se encontró con los pequeños y sabios ojos rasgados de una mujer oriental aquella a la que Isabel llamaba
mami Chiisai.
(© 1998 Rosa Estrada)
Capítulo V. Mami Chiisai
Cada vez que lo pensaba, Manolo sentía que su amigo Zé le había hecho la
peor jugarreta de toda su vida. Sin embargo, por otra parte, nunca le
había dado motivos para desconfiar de él. Intuía que había algo extraño en
todo aquel asunto y necesitaba averiguar de qué se trataba. Hasta ese
momento, tal vez confuso tanto por la rapidez con que había ocurrido todo
como por el desfase horario con respecto a Europa –a esto podía sumar los
vuelos encadenados que tanto le atormentaban-, no había podido sopesarlo
con claridad. Pero empezaba a relajarse, a pesar de encontrarse en un
ambiente ajeno que no dejaba de incomodarle. Claro, eso era. Isabel debía
de ser la hija de Dasilva.
Las palpitaciones en su cabeza habían cesado y ya no sentía ese turbio
malestar en la frente, entre los ojos. Suspiró algo aliviado y tomó un
sorbo del mojito que le habían ofrecido minutos después de llegar al piso.
Sentado a la mesa, con los brazos sobre la madera, se quedó contemplando
momentáneamente la hierbabuena que adornaba el vaso, sin atreverse a
cruzar una mirada con la mujer que tenía delante. Isabel había
desaparecido. No sabía dónde se había metido o qué estaba haciendo, pero
le había dejado a solas con mami Chiisai. Y eso le hacía sentirse
incómodo, porque era como si tuviera que responder por el nombre y el
honor de su amigo, aunque desconocía qué había pasado exactamente entre
ellos.
La señora, que se había mantenido impertérrita hasta entonces, curvó los
labios para dibujar una sonrisa y acercó su mano a la de Manolo. Su piel
era tan oscura que hacía parecer la de Manolo blanca como el papel. Sin
embargo, él no aguardó a que se estableciera el contacto físico. Cogió su
vaso y apartó las manos como un relámpago. Se sintió violento, quizá
estaba reaccionando con excesiva hostilidad. Pero aquella mujer le
inquietaba.
Se puso de pie y caminó hacia la única ventana que se abría al exterior
–las demás daban a un patio-. Desde allí, oteó la ciudad. A lo lejos,
podía verse la cúpula del Capitolio, coronando manzanas y más manzanas de
viejos edificios, algunos de los cuales parecían a punto de derrumbarse.
En las calles, aparcados de cualquier forma, se avistaban algunos coches
desvencijados que posiblemente ya no podían moverse.
Giró la cabeza un instante y saludó a la mujer con una sonrisa afable,
tratando de recuperar la naturalidad en aquella extraña relación que se
estaba estableciendo a la fuerza. Luego, volvió a perderse en sus
pensamientos.
Probablemente, lo más misterioso de todo aquello eran aquellas continuas
menciones al Reino sin Nombre. ¿Realmente era algo que existía, allá en el
Ártico? ¿O se trataba de otra de las invenciones poéticas de José Dasilva?
Si le conocía bien, el amigo Zé no era adicto a ninguna sustancia que
pudiera alterar sus sentidos o su capacidad de raciocinio. Pero solía
divagar, sin necesidad de tomar un solo trago. Tenía tendencia a hablar de
rarezas que él mismo imaginaba, utopías como las de Platón, Thomas Moore o
Bacon que anhelaba que se hicieran realidad. Ciertamente, se había
expresado con sobriedad en su carta. Eso era lo que le hacía dudar.
Tenía que hablar sobre ese Reino sin Nombre con Isabel. Tenía que pensar
qué podía hacer con ella.
Trató de sacar valor. Se disponía a entablar por fin conversación con la
madura Chiisai cuando regresó Isabel, procedente de alguna de las
habitaciones que se abrían al estrecho pasillo del piso.
(escrito en el 2008 por el escritor de la novela Ladrones en la Atlántida: Jose Ángel Muriel)