Un sendero de luz

sendero de luz

El despertador sonaba con insistencia. Anunciaba la hora de comenzar la lucha cotidiana, aquélla en que no existe un lugar para los cobardes ni para los ilusos que pretenden cambiar el mundo con sus locos ideales.

Desde mi ventana pude ver que aún no había amanecido y eso me produjo una intensa desazón pues tenía el cuerpo entumecido y cansado.

Pensaba en esto, cuando mis párpados comenzaron a caer como pesadas losas. Entonces y sólo entonces, la negra espiral del sueño me atrapó irremisiblemente.

Era curioso observar que, de pronto, como por arte de magia, todo había desaparecido: mi cama amplia y confortable y el temible despertador objeto de todas mis pesadillas.

En el lugar en que me hallaba, no hacía ni frío ni calor, una cálida luz dorada me envolvía y el aire tenía una consistencia maleable, gelatinosa que traía a mi memoria aquel recuerdo de infancia en que vi como un termómetro se rompía y me paré a observar las esferas de mercurio.

De pronto, noté una caricia en mi mano, se trataba de una manita pequeña de tacto aterciopelado perteneciente a un pequeño ser de luz mucho más luminoso y dorado que la atmósfera que nos envolvía.

—¡Sígueme por favor! ¿A qué esperas?

En sus labios se dibujaba una sonrisa:

—A partir de ahora —me dijo— yo seré el guía que te acompañará en este viaje.

Fui en pos de la criatura luminosa a través de senderos irisados donde crecían unas flores gigantescas y exóticas.

Surgían por doquier edificios retorcidos, disparatados, donde las ventanas hacían las veces de puerta y viceversa de modo, que si a alguien se le ocurría asomarse corría el peligro de precipitarse en el vacío.

Aquella escena provocó en mí un incontenible ataque de risa. Mientras, mi pequeño amigo, no cesaba de preguntarme:

—¡Dime! ¿Y eres feliz?

Realmente lo era. Nada de lo que antes había experimentado podía compararse con aquella inmensa felicidad. Todo, absolutamente todo, parecía haberse borrado de mi memoria al igual que un libro en blanco.

Seguimos subiendo y bajando pronunciadas pendientes hasta alcanzar un lugar de una belleza y serenidad imposibles de describir.

En la lejanía, divisamos una casa pequeña, sensatamente construida con un pequeño jardín donde dos ancianos se hallaban sentados como si llevasen ahí toda una eternidad esperando.

La pareja se sonrío al vernos, y se tomó de las manos con una ternura infinita.

—Nosotros nos morimos —dijo el viejo fijando la vista en el horizonte y añadió—. Sí, nos morimos. Hace ya de eso muchos, muchos años...

—Y somos muy felices —corroboró su esposa—. No añoramos para nada el sufrimiento y la soledad de antaño. Y...¿Sabes una cosa?. Cuando vivíamos teníamos unos ahorrillos. Pero el dinero aquí mi niña, no sirve de nada. Es el amor lo único que puede atravesar todas las barreras. El amor puede con todo. ¡No lo olvides! Incluso con la muerte.

Miré a mi pequeño guía sonriendo y éste asintió señalando a un numero grupo de seres como él que atraídos por nuestra presencia se acercaban a saludarnos.

—¡Miradla! ¡Ya está aquí! ¡No tengas miedo de nosotros! ¿Te quedarás para siempre?

Aquellas sencillas preguntas me llegaban al alma.

—¡Ojalá tuviese mucho más tiempo para quedarme! —les dije—. Pero mi guía tiene prisa por partir.

—¡No! —dijo éste con rotundidad—. Allá arriba, una luz me dice que sólo eres una intrusa y que esto no es más que un error.

Entonces, quise rebelarme y decirle que mi felicidad estaba en sus manos, que sólo él podría vencer la voz que me atormenta. Pero su voz sonaba triste cuando me gritó:

—Eres una cobarde y aún no has llegado al final del camino. La luz te espera ahí abajo.

Mi pequeño volvió a fruncir el ceño y acabó dándome la espalda. Viendo que nada conseguiría si continuaba insistiendo decidí que tenía razón. Aquel no era un lugar para mí, sólo había huido en un momento de flaqueza.

Mas algo dentro de mí, se resistía a abandonar aquella cálida y dorada luz, aquellos seres brillantes, que me infundían la paz que me faltaba y la que ansiaba por encima de todos los tesoros terrenales del mundo.

—¡Puedes ignorarme si quieres! —admití con disgusto—. Pero me apena saber que nunca más nos volveremos a ver.

—Eso no es cierto —murmuró antes de irse—. Podrás verme cuantas veces lo desees. ¡Búscame! ¡Búscame en el mundo de tus sueños y allí me encontrarás!

En ese momento, la realidad acabó golpeándome demostrando una vez más cuan efímeros son los estadios de la felicidad.

Una vez más el despertador estaba sonando y yo volvía a ser un corazón sangrante, perdida entre el gentío.

Pero a pesar de mi falta de coraje me esfuerzo por estar aquí todos los días y aprender un poco de lo que me rodea.

Y desde entonces, siempre que intento dormir, le busco a propósito en mis sueños, sin hallarle nunca. Y me pregunto si algún día volveré a verle, si habrá alguien luminoso, etéreo, esperándome allí, al final de un hermoso sendero de luz.

Relato de la autora Rosa Estrada Díaz © 2013. Obra registrada en Safe Creative (Código de registro: 1312149592285).

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Oleh

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