Un nuevo atardecer

bosque con niebla

Me encuentro cansado, abatido. No podía creer cómo se habían desarrollado los acontecimientos aquel fatídico día. Todo parecía tan inverosímil, tan irreal...

Como cualquier otro sábado, salí temprano de casa para reunirme con mi habitual grupo de amigos en la plaza del pueblo. Teníamos la costumbre de ir una vez por semana hacia las montañas más cercanas y hacer senderismo durante horas. Era una actividad que practicaba con mucho agrado y, por qué no decirlo, con gran satisfacción. Me gustaba entrar en contacto con la naturaleza, sentirme libre y desconectar de la rutina.

Mientras caminábamos por aquellos senderos, me imaginaba cómo sería vivir en el bosque, cómo sería ser un pájaro, un pequeño roedor o tal vez un oso, ¿quién sabe? Aunque disfrutaba de la compañía de mi grupo, las conversaciones solían ser vagas, superficiales, y me abstraía con facilidad. Dejaba volar mi imaginación y el tiempo pasaba deprisa. Lo que nunca pude imaginar era que mi contacto con la naturaleza iba a terminar siendo aquel día mucho más intenso de lo que me esperaba.

Cuando llevábamos ya varias horas caminando alcanzamos la cima de la montaña más alta del término municipal. Desde aquel punto se veía todo el valle, las casas distantes y el joven río que abastecía al pueblo y a los cultivos de alrededor. Como de costumbre, aquel día aprovechamos la breve parada para descansar y reponer fuerzas con un pequeño almuerzo.

Aunque había ido a aquel mismo lugar todas las semanas de los últimos dos años, algo en la lejanía llamó mi atención. Era algo que nunca había visto hasta ese momento y en qué mala hora mis ojos fueron a pararse sobre lo que parecía ser una vieja cabaña de madera, posiblemente un refugio de cazadores abandonado, perdido en la frondosidad del bosque.

Resulta curioso como en ese preciso instante algo en mí despertó. No lo supe entonces, pero mi destino quedaría ligado para siempre a aquel misterioso lugar.

Pensativo, más de lo habitual, afronté el camino de vuelta a casa en silencio.

* * *

Se acercaba el ocaso. La luz diurna empezaba a disminuir y me sentía intranquilo. No podía quitármelo de la cabeza. Aquella cabaña...

Registré los cajones del salón en busca del viejo mapa topográfico que mi padre había elaborado en su juventud y lo encontré. Montañas, ríos, bosques, todo el término municipal aparecía ante mí con asombroso detalle. Todo salvo una cosa, la vieja cabaña de madera que ocupaba mis pensamientos. Recordaba bien su localización, pero en el mapa no había nada que le hiciera referencia.

Sabía que no debía salir a esas horas, estaba oscureciendo, pero no lo podía evitar. Me sentía como si una fuerza sobrenatural dominara mi voluntad. No podía pensar en otra cosa que no fuera esa misteriosa cabaña, no podía resistirme.

Me equipé como lo había hecho esa mañana, con mi mochila y mis botas de senderismo, y partí.

Recorrí los mismos senderos, me resultaban familiares, aunque con la falta de luz, que se hacía cada vez más notable, adoptaban un aspecto diferente. Caminé lo más rápido que pude sin detenerme, no quería que se hiciera de noche, y cuando pensé que ya no podría acercarme más a la cabaña recorriendo aquel camino me adentré en el bosque.

Hacía frío, el ambiente era húmedo y una ligera niebla me impedía ver con claridad hacia dónde me dirigía. De vez en cuando consultaba el mapa de mi padre y, aunque me resultaba difícil determinar mi posición en la espesura del bosque, sentía como si algo me guiara en la dirección correcta.

Seguí caminando durante horas y perdí la noción del tiempo.

* * *

La noche lucía estrellada. La Luna estaba en fase creciente y su brillo era hermoso. Podía verla ocasionalmente entre las copas de los árboles y esa breve visión me reconfortaba durante un instante, antes de que el frío y el cansancio volvieran a hacer mella en mi cuerpo agotado.

Me sentía exhausto, desfallecido. Quería volver a casa y olvidarme de todo. Hacer como si aquello nunca hubiera sucedido, como si nunca hubiera divisado aquella cabaña, pero me resultaba imposible. No podía hacer nada que no fuera seguir caminando en pos de un desenlace incierto.

Cuando ya había renunciado a la esperanza de encontrar la cabaña, oí algo entre los árboles. No sabría decir si fue fruto de mi imaginación, el sonido de algún animal o una voz lejana, pero intentando averiguar el origen de aquel extraño sonido, escudriñando entre la espesura del bosque, vi una luz anaranjada no muy lejos de donde me encontraba. Saqué fuerzas de flaqueza y me dirigí hacia aquel lugar lo más deprisa que me permitieron las piernas.

Y por fin la encontré, allí estaba, ante mí. La vieja cabaña de madera, fatídico refugio de gruesos troncos cubiertos por el musgo. A través de las ventanas cubiertas con finas cortinas salía una luz tenue y en su interior podía adivinarse la silueta de una persona. Me acerqué con cautela a la puerta, estaba entreabierta. Sin pensarlo demasiado, la empujé suavemente y se abrió con un ligero crujido, dejándome ver el interior de la estancia.

Quedé sorprendido al ver allí a una mujer, de pie ante mí. Era muy hermosa, la mujer más hermosa que jamás había visto, pero tenía un cierto halo de misterio. Sus rasgos estaban bien definidos, su piel era pálida y sus ojos muy azules, profundos. Me miró fijamente y en su mirada encontré calidez, tranquilidad. Se acercó hacia mí algunos pasos y con un pequeño gesto me invitó a entrar.

No podía dar media vuelta e irme sin más y a decir verdad no quería irme, después de lo que me había costado llegar. Tenía frío y estaba muy cansado, así que entré.

La mujer vino a mi encuentro y cerró la puerta tras de mí. Sin mediar palabra, se inclinó sobre mi cuello y me besó con una mezcla de suavidad y firmeza. En ese mismo momento sentí un calor intenso que recorría todo mi cuerpo, sentí como la sangre hervía por mis venas y como el mundo desaparecía a mi alrededor. Con la voluntad anulada y los sentidos extasiados, no pude hacer más que dejarme llevar. Finamente, la oscuridad me envolvió.

No sé por cuánto tiempo permanecí en aquella cabaña. Lo siguiente que recuerdo es que me desperté, tumbado sobre aquel viejo suelo de madera. No soy capaz de recordar nada más de lo que sucedió aquella noche y jamás volví a ver a esa misteriosa mujer. Desapareció sin dejar rastro y lo único que me quedó de ella fueron dos pequeñas laceraciones en el lugar donde me besó, ahora apenas perceptibles.

Lo que sí puedo decirte es que día tras día, noche tras noche, la oscuridad vuelve a por mí. Me envuelve durante las horas de luz y me impide abandonar este lugar, pero tras el ocaso vuelvo a ser libre y me siento en plena conexión con la naturaleza. Ahora sé cómo es vivir en el bosque, apartado de las preocupaciones mundanas. Puedo ascender a las copas de los árboles como un pájaro, puedo moverme en absoluto silencio como el más pequeño de los roedores y tengo la fuerza de cien osos. Pero...

Aquí me encuentro, cansado, abatido. Condenado sin remedio a vivir eternamente, esperando la llegada de un nuevo atardecer.

Relato escrito por Pablo Miralles © 2017. Obra registrada en Safe Creative (Código de registro: 1711154825614).

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Oleh

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