Quién dijo miedo

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¿Quién dijo miedo?, se decía a sí mismo armándose de valor. Por primera vez, sentía un miedo lacerante y una curiosidad inmensa hacia lo que podía haber tras aquella falsa puerta.

Sí, lo había sentido... No era una sensación de miedo como la que tienes cuando temes que un peligro real te acecha, era el miedo a lo desconocido, el miedo a lo oculto y a la vez la curiosidad morbosa de saber que podía haber motivado al anterior dueño de la casa a construir una puerta sin ninguna finalidad, una puerta que no daba a ningún sitio, totalmente superflua...

¿Qué podía esconderse allí tras aquella pared enladrillada? ¿Una habitación oculta? ¿Un tesoro? ¿Tal vez el anterior dueño era un psicópata y había cubierto con un montón de ladrillos y argamasa la prueba de su crimen? ¿Qué había realmente allí detrás de aquella puerta de apariencia tan insignificante y vulgar? Ahora, estaba ante la pared enladrillada que había tras ella, tenía en sus manos un pico y en la mente una encrucijada. ¿Qué debía hacer? ¿Romper la pared y desvelar el objeto de sus terrores o ignorar esa habitación de la casa como si nada hubiera ocurrido, como si nunca hubiera descubierto la puerta y se hubiese obsesionado con su enigma encerrado? Ya no podía vivir con la duda.

Todo empezó cuando se compró la casa. Era una casa como tantas comprada a través de una inmobiliaria donde nada le dijeron de la existencia de la enigmática puerta. Un día, el hombre se topó con ella, fue casi por azar mientras asentaba su equipaje y buscaba un sitio para ubicar sus cosas. Era de noche, y en la mesa aún quedaban los restos humeantes de la cena que había dejado porque no tenía demasiada hambre. Empezaba a llover copiosamente. De pronto el suelo de la cocina empezó a temblar a eso de las nueve pero no sintió inquietud. ¿O tal vez sí? El hombre lo achacó a un pequeño terremoto o al movimiento que hacen las vigas de algunos inmuebles para asentarse. Las casas se mueven, son como un ser vivo que se adapta. ¿Por qué no había de hacer eso la suya? Sin embargo, el hombre se preocupó. Se preocupó tanto que no pudo pegar ojo esa noche ni las posteriores.

A la mañana siguiente, mientras asentaba definitivamente sus cosas, encontró la puerta. Vio que no tenía ninguna utilidad. No parecía la puerta de un armario o una alacena sino la puerta que conducía a algún tipo de estancia como una habitación oculta quizás o simplemente nada, simplemente no hubiese nada tras ella. Sin embargo, al abrirla, al abrir la puerta descubrió un muro rojo tras ella, un muro inquietante, un muro que nada más verlo, le dejó casi sin respiración, sin saber el porqué. Día tras día, el hombre se plantó ante la puerta, con una duda que le corroía. Un miedo ilógico se apoderó de él. No podía dormir, no podía comer, no podía vivir sin saber qué había. ¿Qué podía haber allí? ¿Y por qué noche tras noche, se despertaba sobresaltado, envuelto en un baño de sudor mientras oía cerca, muy cerca de él, el traqueteo de un tren lejano sobre unas vías oxidadas y el ruido de una potente sirena?

Llamó a la inmobiliaria pero los empleados no sabían nada al respecto. La casa había pertenecido a una familia totalmente normal y de todos modos, aunque no fuese así, aunque un halo misterioso envolviese su casa jamás se lo dirían. Su insana curiosidad le llevó a buscar en todo tipo de archivos y periódicos por si hubiese sucedido algún suceso luctuoso como un asesinato o algo así, pero no encontró nada porque efectivamente nada había sucedido. Todo era absolutamente normal.

Ahora estaba frente a la puerta con un pico, dispuesto a derribar la pared y encontrar la respuesta a sus dudas. Un sudor frío perló la frente del hombre. Hacía frío, un frío glacial a pesar de que había puesto la calefacción al máximo. Armado con el pico el hombre golpeó la pared una y otra vez, hasta que cayeron los primeros ladrillos. Se abrió un pequeño boquete tras el que el hombre atisbó la oscuridad, la nada...

Tal vez no había nada tras aquella puerta. Se dirigió a la cocina para beber un vaso de vino y calmar la ansiedad que le producía no haber conseguido derribar totalmente el muro. Una vez hubo retomado fuerzas, cruzó el pasillo y se encaminó hacia allí nuevamente y empezó a picar poniendo su máximo empeño. Trabajó toda la noche sin descanso. El boquete se iba haciendo cada vez más y más grande y a través de él, sólo se percibía la negrura, un aire aún más gélido que el de la habitación y el ruido incesante de un goteo surgieron desde dentro del agujero. Pensó en principio que podía tratarse de la lluvia en el exterior, pero hacía rato que había dejado de llover. No, el goteo procedía precisamente de allí, de allí detrás... Con un último esfuerzo, logró derribar gran parte del muro. Aunque aún quedaban algunos trozos, entonces se dio cuenta, que ya no era preciso seguir picando pues por allí cabía perfectamente una persona. El hombre, soltó sudoroso el pico y se limpió el sudor que arrollaba sus mejillas. Sintió un estremecimiento al mirar al vacío. Armándose de valor, introdujo un pie en el agujero, después medio cuerpo y finalmente pasó dentro.

No se veía nada. El sonido de la gota incesante era cada vez más y más fuerte y en aquella oscuridad que hería sus tímpanos y le enloquecía, sintió que era mucho más potente, era como si aquella gota de agua necesitase de aquella oscuridad para ser, para existir... Encendió la linterna. Para su sorpresa, descubrió que había unas escaleras que descendían a algún lugar ignoto y misterioso... Tembloroso e indeciso, trató de asirse a las estrechas paredes para no resbalar ya que las escaleras parecían estar hechas de algún material muy resbaladizo. El hombre temía desnucarse y pensó más de una vez en retroceder sobre sus propios pasos y regresar a su casa, olvidar la puerta, olvidar las escaleras que le conducían hacia quién sabe dónde... Pero a la vez, la duda sobrecogedora corroía su alma y le empujaba a seguir y seguir descendiendo un poco más hacia los infiernos.

Finalmente, cuando ya había alcanzado el último tramo de las escaleras tropezó y cayó de bruces hiriéndose en la mandíbula y las piernas. La linterna cayó lejos dejándole sumido en la oscuridad. Dolorido el hombre, soltó una maldición y trató de recuperarla. Tuvo suerte. Cuando accionó el interruptor de la linterna descubrió que estaba tendido sobre unas vías de tren muy antiguas. Entonces supo que aquella falsa puerta de su casa tenía un fin. No había sido construida gratuitamente sino para conducir a quien quiera que la abriese hacia sus mismas entrañas. El enigma estaba resuelto. Estaba ante lo que parecía una estación abandonada. ¿Sin embargo...? El hombre se vio asaltado por otra duda. Si era una estación abandonada, si realmente el tren nunca pasaría por allí, ¿por qué sentía entonces sus pitidos? ¿Por qué el suelo de su casa retumbaba a eso de las nueve? ¿Y por qué el anterior dueño había tapiado su entrada? ¿La entrada a una estación de tren abandonada?

De pronto, el hombre lo supo. Fue durante un lapsus, apenas un milisegundo... A lo lejos, la vieja locomotora corría a un ritmo infernal con sus luces cegadoras. El hombre no pudo evitar el impacto por más que intentó correr para alejarse de las vías. Pero en ese momento, cuando se produjo el fogonazo y la maquina le sepultó convirtiendo su cuerpo en una masa sanguinolenta, en ese momento el hombre tuvo una visión apocalíptica de quienes conducían la vieja locomotora y quienes eran los pasajeros. Y comprendió por qué el antiguo dueño había tapiado aquella puerta. Lo hizo para impedir que nadie fuera abrirla. Porque el tren fantasma de las nueve venía cargado de esqueletos.

Relato de la autora Rosa Estrada Díaz © 2013. Obra registrada en Safe Creative (Código de registro: 1312159597188).

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Oleh

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