La casa de Elisa Muldor

la casa de elisa muldor

Hacía muchos años que no tenía noticias de mi amiga Elisa, todo lo que sabía de ella es que se había retirado a vivir en el campo y que vivía una vida austera, alejada del ruido mundano en compañía de Poe, su gato.

Elisa Muldor era una actriz brillante. Cuando yo la conocí contaba con un largo elenco de películas al lado de los actores más afamados de la escena. Al contrario de otras actrices que abandonan su trabajo cuando su brillo se extingue, ella se había retirado en el punto más álgido de su carrera, cuando aún llenaba las salas y los directores aún se peleaban por ella.

Por eso me inquietó la carta que ahora tenía entre mis manos y el hecho de que ésta, llegase a mí en tan extrañas circunstancias, desde el retiro monacal que ella misma se había impuesto y en el que no dejaba entrar a nadie.

Rasgué el sobre con nerviosismo. Dentro de él, había un croquis del lugar en que vivía junto a un papel que decía que la ayudaran, que venía a por ella.

Sin preguntarme sobre qué la tenía que ayudar y qué o quién venía por ella, cogía inmediatamente mi coche y me dirigí al norte en busca del lugar que indicaba aquel dibujo. Después de circular en la noche a través de largas autopistas y oscuras carreteras comarcales, se hizo el día, y con él me encontré en una carretera sin asfaltar en medio de un bosque sin ningún letrero indicador.

No obstante, según el dibujo que ella me había hecho, estaba en el camino correcto así que me esforcé en abrir mucho los ojos para reconocerlo porque, efectivamente, había mucha niebla y algún animal salvaje podría salirme al encuentro.

Finalmente, vi la casa. Me costó encontrarla pues la carretera llegaba a un punto muerto y la casa estaba semi oculta por los árboles y la maleza. Dejé mi coche allí aparcado con la seguridad de que nadie iba a llegar a un lugar como aquel para robármelo y me introduje en aquella selva de matojos y zarzales. Ella —me refiero a la casa— se alzó ante mí, majestuosamente como si quisiese asustarme con su imponente altura. Lejos de mí, en el coche, mi radiocasete se había puesto a funcionar solo y la música de una canción de Bob Marley ponía la alegre banda sonora a aquel tétrico ambiente.

En los alrededores del edificio, salvo la música que surgía de mi lejano coche, no se oía nada: ni pájaros, ni grillos, nada, ni siquiera el viento. Era un silencio sepulcral, incómodo...

Atravesé corriendo un descuidado jardín lleno de rosas y me dirigí a la entrada de la casa, preguntándome porque Elisa había escogido aquel caserón tan grande para vivir ella sola. Más que caserón parecía toda una mansión, llena de habitaciones y ácaros. A Elisa no le gustaban los ácaros, eso lo recordaba bien. Me resultaba difícil imaginarla viviendo en un lugar como aquel.

Extrañamente, no hizo falta que golpease la puerta. Sonó con un quejido quejumbroso dejando paso a una amplia sala de madera encerada y en el centro de ella vi que había un bonito piano de cola.

—¡Elisa! ¡Elisa! —la llamé por todas partes—. ¿Estás ahí? —Pero nadie me contestó.

Recorrí uno a uno cada lugar de aquel palacio y nadie, absolutamente nadie, persona ni animal, salió a mi encuentro. Todas las habitaciones estaban limpias como la patena, totalmente asépticas, sin una mota de polvo y en el aire parecía oler a una fragancia de rosas muy sutil, el perfume que ella habitualmente solía utilizar.

Pero no había nadie, parecía como si realmente esa casa estuviese deshabitada durante siglos y sin embargo, todas las pistas de Elisa se perdían allí. Debió ser mi imaginación. Lo comprobé según pasaban los días y las semanas. La nevera y las grandes despensas de Elisa estaban llenas de víveres así que no tuve problema por la comida. Parecía como si hubiese hecho el suministro pensando en un ataque nuclear.

Mi larga estancia en aquel lugar no se debió solamente a mi preocupación por Elisa. Me hubiese marchado de aquel lugar mucho antes y hubiese dado cuenta a la policía de su desaparición sino fuese porque se produjo una enorme tormenta que me hizo desistir de inmediato.

Para colmo de mis males, el temporal no amainaba y me encontraba en una casa extremadamente limpia y con todas las comodidades pero sin teléfono y sin luz eléctrica. En la casa no había ni una sola vela así que podéis imaginaros mi terror cuando llegaba la noche y el viento furioso abría la ventana de mi dormitorio dejando entrar el gélido aire del invierno.

Una de esas noches, algo me sorprendió.

No sé lo que fue. Sentí un golpe fuerte, abrí los ojos y vi que era nuevamente la ventana. La cerré con cuidado y volví a tumbarme escuchando el ruido que hacía la lluvia en los cristales. De repente, mire la mesita. Era algo extraño, había revisado en todos los lugares de la casa menos en este.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando al abrir el cajón descubrí una linterna y varios recortes de periódico.

La linterna no era demasiado grande y no iluminaba mucho, pero menos valía una piedra.

Leí con atención los recortes de periódico. Eran noticias relacionadas con la última película en la que Elisa había intervenido. Aquella que le había cambiado tanto como para abandonar su vida y retirarse a una casa como aquella, extraordinariamente impoluta. Los recortes decían:

—Especialista muere degollado durante el rodaje de la película: "La Bruja".

—La actriz secundaria Amalia Rey se ahorca durante el rodaje de la película "La Bruja".

—Los actores aseguran haber presenciado varios fenómenos paranormales durante el rodaje de esta película.

—El director no teme al lleno de las salas. Asegura que todos estos incidentes no harán sino incentivar al público a acudir a verla.

Así que aquello era lo que había llevado a Elisa Muldor a recluirse del mundo.

Recordaba la película porque la había visto en el cine. Trataba de un grupo de adolescentes que se acercaban a una bruja sentada de espaldas. Querían verle la cara. La visión de esta era tan horrorosa que todos morían.

De pronto, sonó un ruido de cristales y unos aullidos de gato que causaron en mí un temblor involuntario.

¡Poe!, pensé, el gato de Elisa. Era extraño. No le había echado de menos durante aquel tiempo. ¿Dónde diablos se había metido?

Cogí la linterna y descendí lentamente por las escaleras hasta llegar a la sala del piano. El sonido partía exactamente de allí bajo el piano. Los maullidos iban in crescendo según me acercaba.

Empleé todas mis fuerzas para arrastrar el piano de cola y me tumbé pegando mi oído al suelo para ver de dónde partía el sonido.

De pronto, mis manos palparon algo. No tardé en darme cuenta que aquello era una trampilla y me dispuse a abrirla.

Ante mí se mostraban unos escalones de piedra resbaladiza y una estancia fría y oscura. Los maullidos habían cesado.

Iluminé los escalones con mi pequeña linterna y bajé lentamente. Una vez allí vi que había un pequeño interruptor y lo accioné e inmediatamente la pequeña estancia se inundó de luz.

Lo que vi allí... Debo deciros que me dejó de piedra. Parecía todo un museo dedicado a la brujería. Por doquier hallaba urnas de cristal llenas de ungüentos, libros de magia y seres extraños con la cabeza de roedor y el cuerpo de dios sabe que otras alimañas malignas.

A ambos lados de la sala, vi varios aparatos de tortura como aquellos que en su día empleó la santa inquisición para aplicarlos contra las brujas pero lo que más me sorprendió fue...

El gato de Elisa, Poe, estaba sentado, inmóvil como una figura de cera o un animal disecado, sobre la cabeza de una extraña figura de cara a la pared como si fuese víctima de algún terrible castigo. La figura humana, lucía el cabello desordenado y sucio sobre los hombros. Vestía un hábito andrajoso color musgo y sus piernas estaban atenazadas por unos grilletes oxidados.

Mis pasos vacilaron unos instantes pero continuaron su avance sin descanso. No me importó el hálito frío y el estertor que sentí, ni el maullido salvaje de Poe, ni su zarpazo y el rastro de sangre que dejó en mi mejilla.

Había algo que me atraía como un imán hacia la figura que estaba sentada en una vieja silla de espaldas a mí, yo era una persona miedosa y sin embargo tenía una necesidad imperiosa de saber quién era la mujer, que estaba mirando, porque alguien la había castigado a una muerte tan horrorosa.

No os diré lo que vi. Es demasiado terrible. Sólo que Elisa Muldor ponía en su carta que alguien venía a por ella y que efectivamente la encontró.

Y también a mí.

Relato de la autora Rosa Estrada Díaz © 2013. Obra registrada en Safe Creative (Código de registro: 1312159596235).

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