Huérfanos de amor

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Aquella noche Bel se abandonó con más desazón que de costumbre en brazos de Morfeo con temor a no sentir la alarma de su viejo reloj.

Tenía que madrugar para ir a trabajar como de costumbre y no había podido pegar los ojos hasta ahora.

Como cada día, cuando el Sol aún ni había salido, Bel se lavaba las legañas y se vestía rauda y veloz para coger su bolso y encaminarse hacia el metro que le llevaría al trabajo a través de calles oscuras transitadas por noctámbulos y borrachos asiduos, y panaderías donde se madrugaba y de donde salía un aroma delicioso a pan fresco recién horneado.

Cuando llegaba al supermercado en el que trabajaba, Bel fichaba y corría hacia el almacén donde ayudaba a colocar y reponer las mercancías que se habían agotado. El resto del día, transcurría en la caja, cobrándoles a los clientes.

Los días pasaban aburridos y aquella noche en especial, Bel había estado llorando sin parar hasta que quedó dormida con los ojos resecos de tanto llanto.

En su sueño, iba sentada en un coche de alta velocidad. Era algo muy parecido a cualquier coche que se puede ver por las carreteras pero se llamaba así porque más que circular, volaba a una velocidad vertiginosa como si sus ruedas más que rodar por el terreno levitasen sobre él, recorriendo en la oscuridad de la noche impresionantes cañones que parecían llevar abundantes caudales de agua e interminables desiertos que se le antojaron infinitos.

El coche conducía solo y ella iba sentada en el asiento trasero con la ventanilla bajada, dejando que la brisa fría de la noche le golpease en la cara.

Percibió que el aire era friísimo, pero no hasta el punto de resultar insoportable. Era un aire muy fresco como el que se respira cerca de las montañas cubiertas por la nieve.

Bel intuyó que por la mañana, las temperaturas se caldearían hasta resultar tórridas como ocurre en muchos desiertos, adquiriendo durante la noche la frialdad que ahora notaba.

El cielo era muy hermoso. Tan hermoso que no recordaba haber visto jamás un cielo así, tapizado de estrellas fugaces.

En la lejanía Bel, descubrió un montículo gigantesco con una forma que le resultó muy peculiar.

Como si el coche de alta velocidad hubiese intuido su curiosidad ante tal extraña estructura, Bel notó que el vehículo se detenía en su ladera y la puerta se abría sola invitándole a bajarse.

Estaba ante una extrañísima pirámide que desde la lejanía se le antojaba una gigantesca cara de arenisca ataviada con un extraño tocado. Podría bien parecerse al rostro de un habitante del antiguo Egipto, pero todo era muy raro...

Lo más extraño de todo era que en un lateral de la extraña figura se divisaba una entrada bordes perfectos y lisos, carente de puerta, de la que emergía una luz potente, intensísima, de un color amarillo cegador.

Atraída por la luz como uno de los ratones de Hamelín, Bel pasó al interior y quedó sorprendida por lo que vio adentro.

Estaba en un gigantesco bar.

No había luces de discoteca, ni música, ni gente bailando, pero sin duda era un bar, con largas mesas blanquecinas en forma de cubos alargados, llenas de matraces hermosísimos en los que bullían atractivos líquidos de colores.

El único ser que había allí además de ella, era un hombre común, muy alto, vestido de manera informal con un pantalón vaquero y una chaqueta de lana blanca que no parecía lo suficiente gruesa para guarecerle del gélido aire de aquella noche.

Estaba calvo y tenía un rostro agradable con unos ojos pequeños y azules que se enmarcaban de arrugas cuando sonreía.

Ahora, era ese momento...

—Bienvenida Bel. ¡Bienvenida a Marte! —Agitó una coctelera y vertió un brebaje en una copa de cristal que le tendió y que se le antojó delicioso con sólo verlo.

Bel miró en estado de shock aquel lugar.

No porque fuese un bar muy distinto a cualquier bar de los lugares de la Tierra —aunque más bien se podría parecer a un extraño laboratorio donde se creasen bebidas sabrosas y muy atractivas a la vista— sino por que, sin duda era un lugar aparentemente común en un mundo extraño y anacrónico.

—¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado a este lugar?

—Lo que importa no es el qué ni el cómo sino el por qué —respondió el hombre sin dejar de sonreír.

—¿Cómo es que hay humanos aquí? —balbuceó Bel—. ¿Existen los extraterrestres? ¿Vienen mucho por este local?

El hombre rompió a reír ante tal retahíla de preguntas. Su risa era muy agradable. Bel también sintió deseos de reír al escucharle. Era agradable, muy agradable oírle reír a carcajadas.

—Mientras en la Tierra se esperaba la ansiada visita a Marte, nosotros llevábamos aquí desde hace mucho tiempo. Y en cuanto a tu pregunta de si existen los extraterrestres te diré que te sorprendería la gente tan rara que pasa por aquí.

De pronto Bel, escuchó las palabras del hombre como si este las pronunciase a cámara lenta a la vez que sentía que sus piernas se desplomaban incapaces de soportar por más tiempo el peso de su cuerpo.

Amaneció con el cuerpo desnudo, sucio y embarrado en una extraña gruta de arena color terracota.

No supo cómo había llegado allí aunque intuyó que fue por algo que aquel hombre del extraño bar le había echado en la bebida.

A su alrededor, una ingente cantidad de seres extraños, desprovistos de cejas, pestañas o cualquier atisbo de pelo se movían acariciándole con sus tentáculos que enlazaban en torno a su cabello, su cara, su cintura y sus piernas.

Buscaban su calor como los cachorros de cualquier animal se arremolinan buscando el calor de su madre, huérfanos de amor...

Sin embargo, lejos de sentirse aterrada, Bel se dejó llevar por aquella sensación. Nunca había podido tener hijos humanos y aquello era lo más parecido a un sentimiento maternal que ella había conocido.

En el sueño, la habían conducido aquel lugar para algo.

Y ahora lo sabía...

Una madre era una madre en cualquier lugar del universo.

Relato de la autora Rosa Estrada Díaz © 2017. Obra registrada en Safe Creative (Código de registro: 1711084775065).

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Oleh

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