El último reducto

luna llena

Desde niña escuché esa leyenda que hablaba sobre una extraña raza de hombres que al llegar la noche, se convertían en lobos.

La leyenda procedía de nuestros antepasados y era anterior a la Quinta Guerra Mundial que dejó asolado nuestro mundo y lo convirtió en un páramo seco.

Nunca creí en tal leyenda aunque confieso haberme divertido leyendo cómics y viendo las pocas películas que pudieron rescatarse anteriores al conflicto.

Un día, tuve que viajar a Reserva Norte y encargarme de un caso.

Habían hallado hacía dos días un cadáver en la rivera de un río.

El cadáver —un importante mandatario relacionado con la recuperación de nuestro planeta— aparecía con múltiples mordiscos diseminados por todo el cuerpo, pero era en su rostro completamente desfigurado donde su asesino o asesinos se habían ensañado de una forma brutal.

Lo comprobé una vez llegué al lugar. El río, uno de los pocos, cuyo cauce ha sobrevivido a la hecatombe nuclear, se recupera poco a poco aunque aún quedan en él restos radiactivos.

Si el cadáver hubiese alcanzado el agua entendería su desfiguración pero estaba en la orilla, por lo tanto el agua ni siquiera lo había rozado.

Un examen exhaustivo del cadáver y el escenario del crimen me llevó a la conclusión de que aquellas mordeduras no eran humanas sino que parecían haber sido hechas por dentaduras dotadas de afilados incisivos iguales a las de un animal salvaje, posiblemente un perro o un lobo, incluso una jauría teniendo en cuenta la profusión de las mordeduras.

El hombre yacía boca arriba con el pantalón rasgado en algunas zonas a la altura de las rodillas. Deduje que las bestias le habían abatido con sus patas haciendo que cayese de espaldas y que las múltiples rasgaduras en la tela de su pantalón se debían a que, en algún momento en su precipitada huida, el hombre se había enganchado con algunas zarzas. Sin duda debía estar terriblemente asustado.

Debo decir que fue lo que me pareció más lógico después de haberlo inspeccionado todo al detalle pero, había algo que no cuadraba en toda esta historia.

Después de la guerra, sólo se habían podido salvar unos ejemplares de todas las especies en lo que vino a llamarse el Proyecto Arca. Estos ejemplares, estaban a kilómetros de distancia de mí y eran objeto de una extraordinaria protección por parte de las mayores autoridades de la Tierra por lo que sólo cabían dos posibilidades:

O bien, un grupo de personas habían atacado a ese pobre desgraciado utilizando unas dentaduras postizas o de lo contrario, se trataba de un grupo de animales no catalogados lo que representaba a pesar del triste hallazgo un enorme y feliz descubrimiento para nuestro planeta y para el Proyecto Arca, que debería hacerse cargo de ellos.

Mientras levantaban el cadáver para conducirlo al depósito, una vez realizada la inspección ocular del terreno y la recogida de pruebas, me acerqué al Jefe de la Reserva Norte, un tipo alto, aguerrido, cubierto por una cazadora de cuero negro que aguardaba cruzado de brazos, sin duda porque estaba aterido de frío como yo, mientras contemplaba la escena con semblante asustado.

—¿Usted se llama?... —pregunté dubitativa acercándome a donde estaba.

—Vasile —respondió él sin descruzar los brazos—. Me llamo Vasile y soy el Jefe de la Reserva Norte.

Miré el vaho que se escapaba de su boca al hablar y sonreí ligeramente.

—Sí, lo sé. Sé que es el jefe de esta Reserva. Me gustaría preguntarle si el fallecido tenía enemigos en el pueblo, si conoce de alguien que tuviese tanta aversión hacia él como para haberle hecho lo que le hizo. —Señalé el cuerpo tapado con la sábana que estaban introduciendo en la ambulancia con destino al dépósito para realizarle la autopsia.

Vasile miró al muerto con tristeza y negó con la cabeza.

—No. Él era un buen tipo. Se dedicaba a la política y luchaba por la recuperación del planeta. ¿Ve nuestro río? —Lo señaló—. Él fue una de las personas más influyentes que luchó para intentar que no se perdiera. Actualmente la radiactividad remite. Calculamos que gracias a él, en el plazo de dos o tres años volverá a haber pesca por aquí. Imagínese como estamos todos, completamente consternados por lo que ha pasado.

Me hice cargo de la situación de Vasile y miré el enorme bosque que se extendía cerca del río. Me maravillé al ver la bóveda verde que conformaban las copas de los árboles a través de los cuales se filtraba la mortecina luz del amanecer. Quedaban pocos, muy pocos en la Tierra, sin embargo allí, ocupaban una enorme extensión.

Vasile pareció leer mis pensamientos.

—Sí, también esto es parte de su obra. Como puede imaginarse tras la guerra todo quedó destruido pero Mircea —y aclaró—, así es como se llamaba el finado, hizo que replantásemos especies autóctonas exactamente iguales a las que había aquí basándonos en las fotografías y los archivos de la época. El bosque no es exactamente lo que era pero en la reserva estamos orgullosos porque creemos que se le parece mucho. Dígame: ¿Va a quedarse mucho tiempo entre nosotros?

La pregunta cayó a bocajarro sobre mí. Tardé unos segundos en contestar.

—Bueno —dije finalmente—. En principio tengo pensado quedarme dos días, el tiempo suficiente para redactar un informe y enviarlo a mis superiores. Estoy alojada desde ayer por la noche en el hotel del pueblo junto a mis compañeros.

—¡Nada de eso! —replicó Vasile tomándome del brazo y obligándome suavemente a seguirle—. Mire... ¿Cómo se llama Inspectora...?

—Inspectora Priego —respondí secamente—. Aunque para mis amigos soy simplemente Almudena. Claro que usted todavía no es mi amigo.

—¡Bien! —continuó él echándose a reír—. Aún nos quedan dos días para afianzar nuestros lazos. Es necesario que venga conmigo para que pueda realizar bien su informe. Soy dueño de una posada aquí en Reserva Norte. Mircea era mi huésped aunque no era un huésped asiduo, sólo venía cuando traía aquí sus conquistas. Supongo que le gustará ver su habitación tal y como él la dejó y mirar sus cosas en busca de alguna pista.

—¿Y la policía tiene conocimiento de que Mircea, utilizaba las habitaciones de su posada? —inquirí resguardándome del frío bajo mi capucha de lana.

Vasile dejó de caminar. Se plantó ante mí con la cara arrebolada por el frío, dirigiéndome una mirada penetrante de un azul desvaído.

—Usted es la policía, la máxima autoridad aquí en este momento y acaba de llegar.

—Está bien —admití—. Condúzcame entonces a su posada.

La posada pendía vertiginosamente de un risco. Subimos hasta ella en la moto de Vasile. Desde ella, parecía verse Reserva Norte en toda su inmensidad, cubierta por las primeras nieves.

A lo lejos, las gentes del pueblo nos miraban con desconfianza, como con odio. Aunque tal vez fuese solo a mí. Al fin y al cabo yo era la intrusa que venía a alterar sus pacíficas vidas.

El hallazgo del cadáver había llenado Reserva Norte de policías y era evidente que nuestra presencia no gustaba.

Anteriormente al reconocimiento del cadáver, habíamos tenido una serie de encuentros desagradables con la gente del pueblo aquella misma mañana. Nos seguían a todas partes con esas miradas de desprecio y varios de mis compañeros decían temerlos y sentirse acosados.

Llegamos a la posada.

Era un edificio de cemento rojizo. Vasile me confesó que le encantaría que ésta hubiese sido construida con árboles, pero los árboles, eran especies muy protegidas y demasiado caras.

En lugar de eso, era un edificio de cemento sobre el que pendía un cartel de madera sobre el que había escritas unas únicas letras que decían: POSADA, en un rojo muy fuerte.

Dejó su moto aparcada en el exterior y me invitó a seguirle al interior. Dentro, se respiraba un ambiente agradable, cálido, que se agradecía después de abandonar las altísimas temperaturas del exterior.

Le pregunté que cómo se llevaba la vida en Reserva Norte a lo que él respondió con su impertérrita sonrisa que las cosas no iban mal del todo, pues los obreros estaban continuamente haciendo deporte y cuidaban en exceso su alimentación con lo cual gracias a estas medidas y el seguimiento médico oportuno, los casos de cáncer y leucemia eran más escasos que en otras partes del mundo.

Al entrar en el salón, nos recibió el calor de una chimenea.

La sala estaba casi a oscuras iluminada por el resplandor anaranjado de las llamas.

Tenía unos sillones confortables tapizados en terciopelo de vivísimos colores con estampados geométricos y una mesa sobre una alfombra color crema de rizo grueso. Me imaginé esa estancia a plena luz del día y pensé que quizás no sería tan encantadora.

—Bien —suspiró y me invitó a tomar asiento—. ¿Quiere algo de cenar? ¡Le diré a Martha, nuestra cocinera, que le traiga algo, lo que sea, lo que usted quiera! ¡Sólo tiene que pedírmelo!

Le hice un gesto con la mano indicándole que no quería comer.

—No gracias, Vasile. Me temo que después de ver ese cadáver se me han quitado las ganas.

De repente me asaltó una enorme curiosidad.

—Dígame Vasile. ¿Por qué las gentes de Reserva Norte nos tienen tanta aversión?

Vasile abrió un armario y sacó dos copas de cristal rojas sobre las que vertió un vino espumoso. Me tendió la copa y se sentó en el sillón de enfrente.

—¡No les haga caso! Tienen miedo del Loup Garou por eso reaccionan así. Temen que todo este caso modifique sus formas de vida. ¡Ya sabe! Desde el hallazgo de Mircea todo esto está infectado de policías.

—Dígame —quise saber—, usted lo conocía. Usted conocía a Mircea. ¡Cuénteme como era él!

—Bueno —empezó Vasile—, en realidad tengo que contarle un secreto.

—¿Un secreto?

—Sí. —Dio un sorbo a su vino bebiéndolo de un trago—. Sí, efectivamente un secreto y una confesión. La verdad es que le mentí. Es cierto que Mircea venía a esta posada pero no encontrará nada en su habitación. Está completamente limpia. Sus compañeros han estado esta mañana y se han llevado todas las pruebas.

—No sabía nada —respondí.

—No tenía por qué saberlo —aseveró él rompiendo a reír—. Usted debía reunirse con sus compañeros en un hotel de este pueblo y sin embargo yo prácticamente la secuestré.

En aquellos momentos, no sabía si montar en cólera contra él o agradecerle que me hubiese salvado de aquellas gentes del pueblo tan intimidatorias.

—¡Bien! —repliqué—. Supongo que usted me ha traído entonces aquí para contarme una historia. Espero que ésta valga la pena.

—Efectivamente —respondió Vasile sacando algo del bolso de su pantalón—. Quiero que mire atentamente esta foto.

Contemplé la foto a la luz de la chimenea y las múltiples velas encendidas de la estancia y me estremecí.

Era una foto inquietante, mostraba a unos grupos de hombres y mujeres en pie, muy juntos, mojados por la lluvia. Parecía que esta no les importase.

—No entiendo nada. —Le devolví la foto.

—Esas gentes retratadas son Loup Garou —dijo a modo de respuesta.

Loup Garou. Pensé. Esa palabra quería decir hombres lobo.

Cada vez más intrigada, escuché la historia de Vasile. Me contó que Mircea era un hombre bueno, querido por todos, que sin embargo había cometido una imprudencia.

Él aseguraba que en Reserva Norte sucedían acontecimientos extraordinarios y concretamente en una de las habitaciones de aquella posada propiedad de Vasile y su familia.

—Mircea —continuó diciendo— me dijo un día que lo había descubierto todo y que incluso les había fotografiado. Al principio no le di importancia y pensé que me estaba gastando una broma, pero según pasó el tiempo la broma comenzó a tomar más y más sentido.

Una noche vino muy alterado a buscarme aquí. Empezó a contarme no sé qué historia de hombres que al llegar el día se convertían en lobos. Decía de ellos que eran gente desaparecida del pueblo que por una extraña razón habían dormido en una habitación de este inmueble.

La habitación 32. ¿Quiere verla?

—Naturalmente que sí.

—Sígame —dijo Vasile tomando una palmatoria con una vela encendida guiándome hasta las escaleras.

Comenzamos a subirlas lentamente.

—¿Y realmente, esa gente había dormido en la habitación que usted dice?

Vasile asintió.

—Comprobé los nombres de esas personas, coincidían con personas de este pueblo que en algún momento de su vida habían dormido en la habitación 32. Hace años que está cerrada al público más por el miedo a los huéspedes hacia todas estas supercherías que a cualquier otra cosa. En ella, se ha detectado una ligera radiación.

—¿Y en que se basaba Mircea para creer que esas personas eran Loup Garou?

Vasile alcanzó el último peldaño y me guió por un pasillo oscuro flanqueado por múltiples puertas.

—Él creía —dijo tragando saliva— que esas personas se convertían en lobos por el día, adquiriendo el aspecto de hombres al anochecer. Creía que durante el día se refugiaban en una cueva para no ser vistos. Yo sospecho —dijo a modo de confidencia— que Mircea descubrió ese lugar, esa cueva, y por ese motivo los lobos decidieron matarlo. Lo más extraño de todo es que el propio Mircea llegó a dormir en esta habitación. ¡Bueno, Almudena! Aquí está la habitación 32.

Abrió la puerta lentamente para que yo pudiese verla.

Debo decir que no vi nada especial en aquella habitación desnuda de toda decoración que me pareciese digna de interés.

—¡Acompáñeme! —susurró Vasile dispuesto a cerrar la puerta—. Esta es la habitación maldita así que no dejaré que usted duerma en ella.

—¡No! ¡No! —Sonreí ejerciendo una ligera presión con mis uñas en su brazo—. Quiero quedarme aquí si no tiene inconveniente.

—¿En serio? —respondió Vasile—. ¿En serio que no teme a la leyenda que contó Mircea?

—No, claro que no —repuse—. Todo eso son tonterías. Es evidente que a su amigo no lo mató ningún hombre lobo sino algo mucho más real. ¡Buenas noches Vasile!

—¡Buenas noches, querida dama!

Aquella noche dormí en la habitación 32. Dudé un poco en apagar la vela, pero finalmente lo hice de un soplido.

Hacía frío y me guarecí bajo las mantas tiritando.

A media noche, empecé a tener sueños extraños en los que me veía corriendo a través de los parajes helados de Reserva Norte.

Era una sensación extraña, como si estuviese desnuda aunque no tenía frío, me sentía libre, mis ojos podían ver cosas que nunca hubiese imaginado desde las más diminutas, casi microscópicas, hasta las más lejanas.

En medio de esa sensación, me veía rodeada de otros seres y sentía su calor, pero dichos seres no estaban dotados de piel sino de un pelaje extremadamente suave.

Pensé que los acontecimientos del día me habían impactado tanto que eso provocaba aquellas extrañas pesadillas...

Así que me volví a dormir esta vez más tranquila.

La mañana llegó, la pálida luz se filtró a través de la ventana.

Salí corriendo de la habitación. Llegaba tarde y aún debía emitir mi informe sobre Reserva Norte a mis superiores.

Apenas salía por la puerta me di cuenta que ni siquiera me había dado tiempo a vestirme, que había salido como una ráfaga sin más de mi cama, sin preocuparme de otra cosa que de echar a correr.

A la salida Vasile me esperaba.

—¡No te preocupes! —Me acarició la cabeza—. ¡Mircea nos descubrió!, pero no aceptó a la manada por eso le matamos. Pensaba delatarnos para que fuésemos catalogados como simples animales y pasásemos a formar parte del Proyecto Arca donde no tardarían en descubrir que no somos lobos normales. Creemos que tú te acostumbrarás pronto a nosotros, es una sensación que tuvimos nada más que nos vimos.

Enseguida nos reconocimos y ahora tú también eres un Loup Garou como yo.

Relato de la autora Rosa Estrada Díaz © 2013. Obra registrada en Safe Creative (Código de registro: 1312149592179).

Relatos relacionados

El último reducto
4/ 5
Oleh

¡Déjanos tus comentarios!