El samurái y el ruiseñor

ruiseñor

En un pueblo perdido en Japón, vivía un guerrero samurái, que acostumbraba todas las mañanas a tomar un baño en aguas termales, mientras contemplaba las montañas cubiertas de nieve.

Luego, se cubría como buenamente podía y entraba corriendo en la casa donde una retahíla de sirvientas y concubinas se devanaban por complacer todos los deseos de su señor, ayudándole a vestirse, ofreciéndole su catana y aguardando una orden suya, la más mínima para servir el humeante té.

Al señor no le hacía falta hablar, bastaba con un leve movimiento de su mano para que todos aquellos que compartían su hogar adivinasen sus pensamientos mucho antes que éste despegara levemente los labios para articular cualquier palabra.

Aquel señor lo poseía todo, tenía un poder absoluto sobre todo, poder para matar y para dar la vida, poder para ordenar y ser obedecido, poder para obtener todo aquello que desease por difícil que fuese de conseguir, poder para arruinar a los pobres campesinos si no le pagaban los tributos que exigía, poder...

Cada día que pasaba aquel guerrero samurái se crecía y crecía ante sus triunfos, creyéndose superior a todos los mortales, haciendo que todos a su alrededor bajasen los ojos avergonzados, sin atreverse siquiera a mirarle, despojando a mucha gente de su honor sin que nada le importase.

Llegó a convertirse en un hombre sin alma ni sentimientos.

Sucedió que un día mientras estaba asomado a la ventana, apareció de pronto, como surgido por arte de magia un pequeño ruiseñor, cuya música le dejó totalmente embelesado.

Día tras día el ruiseñor venía a alegrar las mañanas de aquel indigno samurái con sus trinos y gorgojos propagando unas hermosas melodías que conseguían llegar al alma del hombre y emocionarle por completo.

Convencido como estaba de que podía obtener todo cuanto quisiese, quiso tener como su única pertenencia aquella pequeña ave que era libre.

Dio el mandato a sus criados de que cazasen para él al hermoso ruiseñor y mandó construir una hermosísima jaula de madera para albergar su pequeño cuerpecito y tener el canto para su exclusividad.

El pajarito se asustó mucho cuando fue cazado. Miró con tristeza los barrotes de madera de su jaula y ante el grito enfurecido del samurái, obligándole a cantar exclusivamente para él, se acobardó y no fue capaz de emitir sonido alguno.

Enfurecido el samurái, le negó alimentos y bebida para forzarle a emitir su canto, no consiguiéndolo optó por tapar la jaula con un paño para dejarle sumido en la oscuridad más mísera y terminar forzando al pajarito para obtener sus deseos.

Cuando ya habían pasado varios días, el guerrero samurái decidió liberar de su castigo al ruiseñor, viendo que éste, no accedía a sus peticiones, al hacerlo descubrió algo.

Escuchó por vez primera, un trino muy suave al principio que después se transformó en la más bella melodía que jamás habían captado sus oídos.

El samurái esgrimió una enorme sonrisa de satisfacción. Después de todos sus intentos, el pequeño ruiseñor había accedido por fin ante su enorme poder y le regalaba una melodía gloriosa, magnífica y extraordinariamente dulce.

Destapó con cuidado el paño que cubría la jaula de madera y entonces, aquella sonrisa suya se le congeló en el rostro.

Descubrió el pequeño cuerpo del ruiseñor tendido en la jaula completamente rígido, había muerto.

Y recordó que alguien cuando él era pequeño, en su pueblo natal, le había contado que los ruiseñores entonan antes de morir el canto más bello que ningún ser humano pueda haber soñado jamás.

Enfurecido crispó sus puños y contempló con rabia la jaula.

Sí, el ruiseñor había accedido a sus peticiones sí, pero a cambio de ello le había hecho pagar una deuda demasiado cara.

¿Para qué quería él un ruiseñor muerto?

Entonces por primera vez meditó el samurái que había matado la belleza, que el amor no se podía encarcelar y que los cantos que el ruiseñor le había regalado cuando era libre nunca volverían a deleitar sus oídos.

Cuentan que por primera vez, algo extraño sucedió.

El guerrero sintió una gran opresión en el pecho que le dejó prácticamente postrado de dolor a la vez que una lágrima resbalaba por vez primera por su ajada mejilla.

Fue un viejo sirviente quien atendió a su señor y con sumo cuidado, envolvió el pequeño y frágil cuerpecillo del ruiseñor retirándolo de su vista, lo envolvió en un paño de lino y compadecido, enterró su cuerpo bajo uno de los naranjos que adornaban los jardines de su amo.

Cuentan que desde entonces, muchos pájaros acudieron a aquel árbol durante la primavera, que el guerrero samurái se hizo más sensible ante los problemas y dolores ajenos y que todos se dieron cuenta de su humanización.

El samurái siguió consiguiéndolo todo.

Pero durante muchos años, buscó y buscó incansablemente un ruiseñor como aquel al que había arrebatado la vida.

Tuvo muchos, muchísimos ruiseñores, pero ninguno como aquel.

Se hizo viejo y murió en la más absoluta miseria y soledad.

Y en sus últimas visiones vio atormentado la imagen de aquel ruiseñor que jamás volvió a visitarle.

Relato de la autora Rosa Estrada Díaz © 2008. Obra registrada en Safe Creative (Código de registro: 0811211612582).

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