El pueblo verde

el pueblo verde

Dedicado a Leo, Adriana, Nico, Sara, Julia, Pablo y Lola
Y a todos los niños que vendrán.

Yo existo...

Apenas un milisegundo, lo que dura un sólo parpadeo cierras los ojos y cuando el tren pasa por el túnel, todo se vuelve oscuro. Todo está negro y de repente, durante un milisegundo cuando vuelves a abrir los ojos otra vez, ves a través de tus pestañas cómo el tren deja atrás los paisajes y el traqueteo se te mete en los oídos.

Así es el corazón. El corazón no entiende de velocidad y siempre quiere regresar a los lugares que un día le hicieron feliz. Pero el tren de la vida corre muy rápido y nunca se detiene.

—Ahora luz. Ahora oscuridad. Ahora luz y ahora oscuridad. Ahora luz. Ahora oscuridad.

Yo me divertía repitiendo este mantra hasta el hastío, tapándole los ojos a mi hermana cada vez que atravesábamos el túnel y haciéndole de rabiar. Le revolvía el pelo, le sacaba la lengua haciéndole burla, y le pellizcaba con fuerza en los mofletes sonrosados y cuando ella quería su revancha, echaba a correr entre los pasajeros somnolientos y a la vez, resignados con mis alocadas carreras. Ella a veces se reía y otras lloraba clamando a gritos la ayuda de mamá. Mamá también estaba algo desquiciada e intentaba a duras penas mantener la compostura delante de toda la gente que iba en el tren.

—¡Estáos quietos! —gritaba al borde de la desesperación—. ¡Martín! ¡Paula! ¡Que nos va a reñir el revisor, hombre! ¡Ya está bien!

Yo seguía desobedeciendo, saltando y corriendo entre los asientos ignorándola. Pero es que a mí me divertía mucho aquel juego de luz-oscuridad en el tren y a Buri, mi amigo inseparable también parecía encantarle.

—¡Román por favor! Pon un poco de orden. ¡Ya no puedo más!

Román, mi padre, era muy guapo, según decía mamá y todas las chicas del pueblo suspiraban cuando le veían pasar. Sus brazos eran fuertes y musculosos debido a su trabajo en la mina. Tenía el cabello rubio y rizado como yo y unos ojos verdes muy parecidos a los míos. Cuando yo fuese mayor esperaba ser casi tan guapo como él, si no más.

Paulita en cambio se parecía mucho más a la abuela que solía decir que tenía el mismo pelo que ella cuando era joven. Pero la abuela hacía mucho tiempo que ya no venía a visitarnos.

—¡Román! ¡Ya está bien! ¿Hasta cuándo vas a seguir así? ¿Tanto te cuesta en un momento tan delicado...?

—¡No quiero, Alicia! ¡No se amolda a las circunstancias!

—Pero...Debes olvidar tus diferencias con él. ¡Es tu padre!

—¡Já! —Rio sarcástico—. ¡No hace falta que me lo digas! ¡Pero es la cosa más cabezota que existe!

—Pero... —Titubeó mamá—. ¿Puedes intentarlo, no? ¡Seguro que cualquier cosa será mejor que este pueblo para él!

Papá no las tenía todas consigo.

—No sé, no sé... Se lo diré pero ya sé la respuesta. Me echará con cajas destempladas. ¡Como siempre! ¡Porque nunca cambia eso!

Paulita cogió la cara de mamá entre sus manos y le lanzó un beso con tanta fuerza que le dejó los dedos marcados en la cara.

—¿Vamos a París, mami?

—No —dijo ella pellizcando con cariño su moflete—, vamos al pueblo a ver al abuelo. Se llama Bello y es un pueblo muy bonito y muy verde. Ya verás cómo te va a gustar.

—¡Bello! —exclamó Paulita ilusionada—. ¡Qué bello el nombre del pueblo del abuelo!

Eché a correr de un lado a otro del pasillo gritando sin parar haciendo aspavientos con las manos para llamar la atención de mamá. Una mujer joven que tenía la cabeza apoyada en el hombro de su novio o su marido, me miró al correr junto a ella como si quisiese taladrarme con la mirada.

En ese momento, otro pasajero protestó y dijo algo de sujetar a los niños.

Mamá me enganchó por la cintura y me atrajo hacia sí dándome un azote en el trasero y esgrimiendo ante mí un dedo amenazador.

—¡Como no te pares quieto, Martín te quedas castigado sin jugar a la consola! ¡Tú verás!

Aquello no me gustó nada. Me encantaba jugar a un juego donde una aventurera buscaba un tesoro a través de distintas localizaciones del planeta. Generalmente papá me ayudaba a jugar ya que era un juego para niños "más mayores".

Decidí que era mejor hacerle caso y permanecer en silencio. Era lo más sensato por ahora si no quería más líos.

—Pero mamá —supliqué—. Yo sólo quiero correr con mi amigo Buri.

—¡No haces más que hacer de rabiar a tu hermana y molestar a la gente del tren! ¡Te voy a tener que castigar por comportarte mal!

—Pero es que Buri, quiere jugar —insistí.

—Tu amigo Buri, tu amigo Buri —repitió mamá con hastío—. ¿Sabes Román, lo que ha hecho tu hijo, en compañía del que dice que es su amigo Buri? ¡Ayer me llamó la profesora! Me ha dicho que tu hijo no para quieto en clase y que cada vez que hace una trastada le echa la culpa a Buri diciendo siempre que él no ha sido. La última gamberrada me ha costado mucho dinero en la tintorería. Le ha estropeado el abrigo y el bolso a la profesora. Y la tinta no se puede borrar.

Papá se rio al imaginar la escena. Tenía una risa muy cálida que me hacía reír. Incluso aunque mamá estuviese enfadada a ella también le hacía reír aunque no lo reconociera. Cualquier enfado que mamá tuviese, papá se lo hacía pasar enseguida.

—Y eso sin contar que embadurnó a su hermana de harina y mantequilla como si fuese un pastel y que suele tirar globos con agua cuando pasan los vecinos por abajo. ¡Yo es que ya no puedo, Román! ¡Yo es que no puedo con este niño! ¡Me va a matar a disgustos!

—¿Y qué tienes tú que decir? —preguntó papá inquisitivo tomándome por la barbilla y obligándome a mirarle fijamente a los ojos.

—Fue Buri, papá —me disculpé otra vez—. Yo sé que tú no me crees. Pero fue Buri quien cogió los rotuladores y le pintó el abrigo y el bolso a la profe. Fue Buri. No yo. Te lo juro.

—Tú nunca eres. ¡Qué casualidad! —dijo papá enfadado como nunca le había visto—. ¡Basta de hablar de Buri! ¡No quiero oírte decir ese nombre nunca más! ¿Me oyes Martín? ¡Ya basta de escudarte en Buri!

Puse pucheros y bajé avergonzado la cabeza a punto de llorar.

Durante todo lo que quedó del trayecto me limité a mirar el paisaje por la ventana sin decir nada. Buri, me miraba sin entender lo que pasaba. Él sólo quería jugar. ¿Era tan difícil que comprendiesen eso los adultos? Acomodó su cabeza resignado entre mis rodillas y lanzó un suspiro muy hondo como si estuviese muy aburrido yo me llevé un dedo a los labios para indicarle que debíamos guardar silencio.

Luego, escribí letras e hice dibujos de corazones sobre el vaho de la ventanilla y cuando me di cuenta, habíamos llegado a una estación muy bonita.

Un reloj antiguo y un letrero de latón rojo nos indicaban que habíamos llegado a Bello, nuestro destino, el pueblo del abuelo.

Papá tomó las maletas y Paulita y yo caminamos de la mano de mamá. Hacía mucho frío. Un frío que no conseguían calmar ni nuestras gorras de visera ni las bufandas de coloridas lanas a punto bobo que nos había hecho la abuela la última vez que vino a visitarnos. A Buri eso no parecía afectarle. Él nunca tenía frío, yo, le admiraba por eso.

Aún con el frío. Hacía un día de sol casi primaveral. Todo el suelo de la estación estaba cubierto de nieve manchada de barro, guijarros que el tren había escupido, y pisadas entrecruzadas de pasajeros que simulaban un gigantesco camino de hormigas.

Allá a lo lejos, en las cimas acariciadas por el sol, la nieve relucía blanca, limpia y tan resplandeciente que hería la vista.

En ese momento, un coche hizo entrada haciendo ruido con los neumáticos. Era un Land Rover color caqui como los que usan los militares, bastante viejo por el uso. La puerta se abrió y descendió primero una bota marrón y luego otra seguida de un hombre gordezuelo con los mofletes sonrosados y una barriga muy abultada. Parecía un simpático Papá Noel sin el gorro y con un abrigo color marrón casi tan voluminoso como él. Unos calcetines gruesos a modo de calentadores completaban su atuendo invernal.

—Soy Sebastien. Aunque todos me llaman "el Sebas" —se presentó con un saludo de mano—. Tengo una cantina aquí abajo en el pueblo. Cosme me ha dicho que les lleve junto a él, ustedes deben ser su familia sin lugar a dudas. No se ve mucha gente de afuera parar por esta estación y mucho menos con el frío que hace. ¿Vienen de Douai, verdad?

—Sí. —Mi padre le estrechó la mano y se rascó pensativo su barba incipiente—. Yo soy Román, su hijo y esta es mi mujer Alicia y los niños son nuestros pequeños y sus nietos: Martín y Paula. Vivimos en Douai, es cierto. Yo tengo trabajo allí en la mina. ¿Sabe?

—¡Bien! ¡Buen trabajo ese! ¡Espero que esto les guste! ¡Es un sitio con mucho misterio! ¡Suban al coche por favor! Pónganse cómodos mientras yo les subo las maletas.

Hicimos caso a Sebastien y nos subimos todos al coche mientras él distribuía no sin cierta dificultad nuestro equipaje. Buri no ocupaba mucho espacio porque iba subido con sus posaderas en mis rodillas. Durante el camino Paula y yo, al lado de mamá nos abstuvimos de decir nada, mientras Buri no se perdía nada del paisaje a través de la ventanilla. Papá iba en el asiento de adelante charlando animadamente con el conductor sobre el fútbol, el parte atmosférico o los políticos, su tema de conversación preferido.

Muy pronto divisamos el pueblo. Las casas eran pequeñitas y de arenisca grisácea... Había una especie de pantano con una isleta en medio en la que se podía ver una iglesia diminuta, bastante bien conservada, rodeada por un campo santo que parecía de juguete. Como si de una enorme península se tratara, un enorme camino empedrado conducía a la isleta a la que se podía acceder andando o en coche. Mamá decía que era un lugar parecido a Pais de Calais aunque nada que ver. A veces la naturaleza hacía esas cosas...

—¿Y cómo ve a mi padre, usted que le ve un poquito más por aquí? —Quiso saber papá.

Sebastien pareció dudar un poco antes de contestar.

—Pues ya sabe. Desde que Madeleine le dejó no ha levantado cabeza. Se le ve siempre taciturno. Y no se cuida mucho. Tuvo una temporada después del deceso que bebía sin parar. Decía que el alcohol mataba sus penas. Pero ahora tan sólo el pobre bebe sidra —le excusó, y se llevó una mano a la boca como temiendo haber hablado demasiado. Después quiso arreglarlo—. Su padre es un buen hombre a pesar de ser tan refunfuñón. Yo sé que él tiene su carácter pero: ¿Sabe? Su padre le quiere. Sé que tal vez ustedes no se han visto mucho en los últimos años pero siempre le ha tenido en su corazón.

—¡Vaya! —Caviló papá para sí—. ¿Qué sabrá este tipo? Parece que mi padre ya le ha puesto al corriente.

Realmente, no necesitaba que aquel desconocido le diese moralinas sobre mi abuelo. Él, que era su hijo, sabía de primera mano quien era. Y si había accedido a venir allí era por la insistencia de Alicia, su mujer y nuestra madre para que al fin pudiésemos conocerle un poco mejor.

—Le ruego por favor que no comente nada de mi madre —dijo entre susurros—. Los niños aún no saben nada. Hemos querido ocultárselo para que no sufran. Pretendemos que sean unas navidades felices y que conozcan a su abuelo. Estaban muy unidos y queremos esperar que pase el tiempo para decírselo poco a poco y que se hagan a la idea.

—¡Perdón! —se disculpó Sebastien girando la cabeza para mirarnos—. ¡Bueno! —Detuvo el coche bruscamente—. Hemos llegado por fin. Está esperándoles en la iglesia porque ha celebrado una misa en memoria de quien usted ya sabe. No hay ni un solo día que no acuda a ponerle flores y a hablar con el cura. —Volvió a tenderles su mano y añadió—: Yo y mi mujer estaremos encantados de ayudarles en todo aquello que precisen. Estamos aquí abajo en la tasca del pueblo. Es la única que hay, así que no tiene pérdida.

Nos bajamos del coche y le dimos las gracias a aquel señor de aspecto tan afable. Luego, mis padres se encaminaron a la iglesia. Nos dijeron que era para ver al abuelo que estaba dentro hablando con el cura. Tanto mi hermana como yo, sería la primera vez en la vida que veríamos al abuelo. Teníamos verdadera intriga por saber cómo sería. A la abuela en cambio la habíamos visto muchísimas veces. Solía ir a vernos bastante a menudo y siempre que venía lo hacía cargada de regalos.

En cambio para nosotros el abuelo era el perfecto desconocido.

—Y te quedarás aquí con tu hermana esperándonos y la cuidarás —me amonestó mamá—. Y no quiero que te vayas muy lejos con ella o me enfadaré.

—No te preocupes mamá —dije cogiendo la mano de Paulita.

Buri esperó a que mamá se hubiese ido y levantó una ráfaga de aire al pasar a mi lado haciendo círculos alrededor mío.

—¡Mira! —me susurró—. ¿Vas a hacerle caso? ¡Pobre niño obediente de la casa! Pero: ¿Qué ven mis ojos? Juraría que he visto a alguien escondido espiándonos. ¡Por allí! ¡Por el cementerio!

Por un momento al mirar al lugar donde me indicaba Buri sentí que estaba soñando.

El cementerio estaba próximo a la iglesia y allí tras una voluminosa lápida de mármol creí ver una figura humana agazapada de largos cabellos que parecía mirarme con curiosidad.

Pero al volver a mirar vi que no había nada y que todo había sido producto de mi imaginación.

Corrimos hacia el cementerio que parecía muy antiguo. Parte de sus losas estaban rotas y descuidadas.

—¿Jugamos otra vez al escondite y al Veo Veo? —pidió Buri echando chispas por sus ojos.

Yo asentí pero mi hermana parecía más interesada en descubrir los misterios de unos charcos que salpicados por briznas de hierba aparecían entre las lápidas y en el que volaban unas libélulas cuyas alas parecían hechas de cristal.

Nos entretuvimos viéndolas volar y cazando insectos zapateros.

Así estuvimos durante largo tiempo, y estábamos tan entretenidos con nuestros juegos que cuando finalmente aparecieron papá y mamá en compañía de un hombre muy alto y delgado con una poblada barba, y una enorme nariz ya se había hecho casi de noche.

—¡Niños! —dijo mamá—. Saludad al abuelo. ¡Abuelo estos son Martín y Paula! ¡Martín y Paula este es el abuelo!

El abuelo me estrechó la mano con delicadeza y se agachó cuan largo era para recibir el abrazo de mi hermana.

Hechas las oportunas presentaciones de rigor nos subimos al coche. Me fijé en que mi abuelo era muy parecido a mi papá. Era por supuesto mucho más viejo, pero tan alto como él. Era también muy serio. Tenía una poblada barba que no hacía más que atusarse como si estuviese nervioso y unos profundos ojos del color que tiene la menta. Iba vestido con un traje de sastre de color gris y un chaleco de lana azul marino y fumaba un agradable tabaco de pipa. Parecía sin duda un hombre elegante.

Nos subimos a su coche y papá se sentó a su lado pero durante todo el trayecto apenas cruzaron una mirada ni una palabra. Ascendimos por una carretera muy empinada y estrecha que discurría en medio de abetos jóvenes cubiertos por la nieve. Alguna vez incluso, el abuelo tuvo que bajarse para retirar alguna piedra de grandes dimensiones que obstruía el camino.

Bello, era como un estornudo de la civilización en medio de la naturaleza más salvaje. Nadie podía esperar encontrarse con un pueblo en un lugar como aquel en medio de la nada.

No se veía desde el pueblo de abajo y tampoco aparecía en el mapa de carretera y adquiría una nueva perspectiva según lo vieses por el día o por la noche, tanto como contemplar un trozo de carbón en la oscuridad y descubrir que ese mismo trozo de carbón se ha convertido en un reluciente diamante a la luz del día. Durante lo que duró nuestra visita, subiendo y bajando por aquella estrecha carretera parecía como si los árboles con sus copas se entrelazasen para dibujar una tupida cúpula verde como el techo de una inmensa catedral de hojas a través de la cual se filtraba la dorada luz de los rayos del sol.

Casi todas las casas del pueblo estaban abandonadas excepto unas pocas. La mayoría de la gente se había mudado al pueblo de más abajo, donde estaba el pantano o hacia la capital. No obstante hacía algunos veranos, el pueblo tenía nuevos inquilinos entre ellos un americano casi tan viejo como el abuelo, que había restaurado una casa, y un grupo de jóvenes que huyendo del ruido de la ciudad, se dedicaban a fabricar su propia miel y recolectar sus propias patatas.

El resto de las casas permanecían abandonadas, en busca de nuevos inquilinos que quisiesen ocuparlas antes de que el tiempo y el olvido hiciesen mella en sus maltrechas construcciones.

El abuelo nos condujo hacia su casa. Era blanca y muy grande. De una blancura casi fosforescente en la oscuridad.

Mamá nos había hablado de esa casa. Decía que cuando papá y ella eran novios, la abuela armaba una mesa de madera bajo un tenderete y allí, en la primavera y el verano, los vecinos se acercaban con curiosidad a charlar y saborear ricas viandas. La abuela era muy buena cocinera.

Eran tiempos felices para todos.

Hasta que el abuelo le dijo a mi padre que debía ir a la ciudad y estudiar una carrera y papá se negó porque en realidad lo que él quería era ser minero.

Subimos por un caminito de piedra que conducía hacia la entrada de la casa a través de la cocina.

El abuelo tomó un candil con una vela y subió las escaleras de madera para indicarnos donde debíamos dormir aquella noche.

Encendió el interruptor de una lamparita para iluminarnos el paso a la estancia.

—Estas son las habitaciones. Aquí dormirán los niños en la que tiene dos camas y vosotros dos podréis dormir en la cama donde dormíamos la abuela y yo. Yo dormiré abajo. Tengo un cómodo sofá.

—A Alicia y a mí no nos importa dormir en ese sofá. No queremos ser ninguna molestia.

—No lo sois. Esta es una buena habitación así que vamos a dormir —refunfuñó—. Ha sido un día de muchas emociones y todos estamos muy cansados, mañana todo se verá bajo distinta luz.

Nuestra habitación era de un cálido color anaranjado y tenía dos camas con unos edredones verdes florales y una mesita de madera sobre la que había un pequeño jarrón de cristal con algunas flores silvestres. Se veía en esos detalles la sencilla coquetería de mi abuela Madeleine. Cerca de la puerta había una palangana de porcelana de esas antiguas de las que se emplean en los pueblos para asearse. Colgado en la pared entre las dos camas había un pequeño crucifijo.

La habitación no tenía ventanas. Me pedí la cama de la izquierda. Apagué la luz y suspiré con satisfacción. Mis padres parecían estar dormidos porque ya no hacían ruido o tal vez es que sólo hablaban muy bajo para que nos los oyésemos.

—¡Dame la mano! Tengo miedo —suplicó Paulita.

Estiré la mano todo lo que pude y se la tendí mientras, con la otra que tenía libre, acaricié el dulce y hermoso rostro de Buri que suspiró de satisfacción. Di unos golpecitos con la mano en el colchón y le indiqué que podía subirse conmigo en la cama sólo si se ponía enroscado en mis pies sin molestar.

—¿Dónde está la abuela? —preguntó Paulita—. ¿Por qué no está aquí en el pueblo con el abuelo?

Presentí que estaba a punto de llorar y le estreché la mano con fuerza.

—Papá nos dijo que la abuela se había marchado de viaje, y dejó dicho que no estuviésemos tristes y que no nos preocupásemos por ella. Que se va a ver a unas amigas a Laponia y que cuando vuelva regresará cargada de regalos.

—¡Esto te lo estás inventando! —protestó Paulita al borde del llanto—. Ni que la abuela fuera Papá Noel.

—No me lo inventé —protesté—. Y a lo mejor ella es uno de sus duendes.

—Pero yo quiero verla —insistió Paulita—. Yo quiero que juegue conmigo y con Mimi en nuestro salón de té como cuando venía a nuestra casa.

Mimi era la muñeca de Paulita. Cuando la abuela iba a verla, Paulita la sentaba en su silla y jugaba a darle sopas hechas con migas de pan y agua. A la abuela también le hacía comerse sus horrorosas sopas. Ella, lejos de rechazarlas las tomaba siempre con su mejor sonrisa.

—Sí, la abuela —suspiré—. Yo también la echo mucho de menos.

Buri me empezó a dar pequeños golpecitos en la mano para impedir que me acabase durmiendo. Podía ser muy insistente cuando quería.

—Vamos —me dijo con voz ronca—. Hay que bajar abajo. Estoy de un aburrido que no te lo puedes ni imaginar...

—¿Pero dónde iremos Buri?

—¡No lo sé aún! ¡Ya lo pensaré! Tú vístete rápido y sígueme a la planta de abajo a ver lo que hay por allí para husmear.

Medio somnoliento, me puse el jersey y los pantalones y le obedecí sin rechistar. Cogí una pequeña linterna que siempre llevaba conmigo para meterla bajo las sábanas porque a veces tenía miedo de la oscuridad y muy lentamente evitando hacer el menor ruido posible, bajé las escaleras con mis zapatos en la mano.

—No quiero hacer ninguna trastada, Buri... —le advertí—. Tú siempre me metes en líos y como nadie puede verte más que yo, pues al final siempre pago tus culpas.

Los ojos azules de Buri chispearon en la oscuridad como un faro en medio de la niebla. Soltó una risita ahogada.

—Nadie nos va a reñir, tonto. ¡No voy a cargarme nada! Sólo quiero acercarme al riachuelo y beber un poco de agua fresca a la luz de la luna.

Me agaché para darle un beso pero él se apartó y me gruñó. No era muy receptivo a mis muestras de cariño. Cada vez que yo intentaba besarle siempre me gruñía. Aunque yo sé que en el fondo, muy en el fondo él me quería.

Me subí el cuello del jersey de lana a la altura de la boca como si con este gesto se me quitase el frío y los dientes me castañetearon.

Mi abuelo estaba sentado en una enorme piedra cerca del riachuelo, fumando en su pipa y tallando un pequeño caballo de madera con su navaja.

—¿Tú tampoco puedes dormir, verdad? —Me tendió el caballito que había hecho y yo lo miré atentamente por todos sus ángulos. Era perfecto. Lo había tallado con una precisión asombrosa.

—¿Un regalo para mí? —Lo tomé en mis manos maravillado—. ¡Ualah! ¡Mira! ¡Buri! ¡Mira que cosa más bonita me ha hecho el abuelo para mí!

Buri nos miró con desdén y asintió volviendo la vista a la luna que aquella noche parecía más gigantesca que nunca flotando entre la arboleda. Parecía estar enfurruñado.

—¿Buri, es tu amigo? —Un brillo de curiosidad se reflejó en los ojos del abuelo. Era asombroso como se parecía a Buri en ese momento.

—Es curioso —me dijo—, cuando yo tenía tu edad también tenía un amigo que sólo yo podía ver. Bueno, en mi caso era una niña —y puntualizó—, una niña guerrera.

Enseguida sentí que podía confiar en alguien. Hablar con él abuelo me hacía bien. Creo que él entendía por todo lo que yo estaba pasando.

—Sí —le dije—, es mi amigo. Pero únicamente yo puedo verlo.

—¿Y cómo es tu amigo Buri? —Quiso saber el abuelo.

—Pues... —Dudé un poco antes de decir—. Pues... Tiene el pelo muy suave y esponjoso. Es de tres colores: negro, marrón y arena. Sus ojos son de un color azul como el mar y sus pupilas se hacen muy grandes en la oscuridad porque es en la oscuridad donde mejor ve las cosas. Además tiene también una nariz muy oscura y unos afilados colmillos.

—¡Es un perro entonces! —exclamó el abuelo dándose un pequeño golpe en la cabeza como si de repente esa conclusión le hubiese llegado recién caída del cielo.

—No. —Negué con la cabeza—. No es precisamente un perro, abuelo. Yo diría que más bien es un lobo.

—¿Y a veces te mete en problemas? ¿A que sí?

—Sí, muchas veces.

—Entiendo —dijo el abuelo—. Mi amiga era una niña de aproximadamente tu edad. Tenía el cuerpo pintado de un raro color verde. Su piel estaba tan pintada que cuando la veías en medio de un bosque a la luz del día únicamente podías distinguir sus ojos. Su vestido, también era muy raro. Parecía como hecho de hojas. Cuando yo era pequeño venía a verme todas las noches a este mismo arroyo.

Sonrió al decir.

—Yo creo que mi amiga y tu amigo estarían encantados de conocerse, ¿no lo crees así, Martín?

—¿Y qué fue de ella abuelo? —pregunté con vivido interés.

—Pues... simplemente crecí y ella se marchó para siempre.

—¿Cómo la abuela?

El abuelo se puso muy triste de repente.

—Sí, como la abuela. Ella también se fue de la mano de la niña.

—¿Y tú qué haces aquí, abuelo? —dije cambiando de tema.

—Pues... —Me revolvió el pelo y señaló con su bastón las estrellas—. ¿Ves aquella estrella que reluce tan brillante allá arriba?

Asentí con la cabeza. Era más brillante que las demás y emitía un brillo muy blanco como si estuviese hecha de algo metálico.

—Pues es Venus —me informó—. También la llaman la estrella vespertina o el lucero del alba y es la estrella que más parece brillar en el cielo.

Vengo aquí cada noche porque me gusta observar las estrellas. A veces se ven luces extrañas suspendidas en las hojas de los árboles y suceden cosas mágicas. Pero ahora —dijo—, es hora de irse a dormir sin protestar.

Al amanecer, busqué al abuelo por toda la casa pero no lo hallé. Papá nos dijo que había madrugado para ir a lidiar las vacas a la montaña.

Hacía sol y la nieve se había derretido en algunas partes. Papá comentó que no le gustaba que el abuelo subiera solo hasta allí porque un día podía resbalarse e iba a pasar una desgracia.

—¡Ese loco testarudo! —le dijo a mamá—. ¿Por qué no venderá de una vez sus malditas vacas? ¿No ve que por esos campos helados terminará por partirse la crisma cualquier día?

Lo vimos en un terreno escarpado al que parecía que incluso a las vacas les costaba mantener el equilibrio. Llevaba sus zuecos puestos (sabots), una boina calada y una vara de avellano en sus manos con la que guiaba al rebaño a través de los pastos más jugosos.

Nos dedicamos a mirarlo desde la lejanía durante un buen rato mientras mamá nos preparaba un desayuno con chocolate y galletas sobre un hermoso mantel de cuadros verdes. La cocina, era de piedra y estaba llena de lecheras y objetos de latón curiosísimos llenos de lavanda seca.

Como inquieto niño que era, corrí junto a mi hermana inspeccionando todos los lugares de la casa y recorrí cada una de sus habitaciones. Me interné yo sólo en compañía de Buri a través de calles llenas de heno y troncos recién cortados apilados en las puertas que servirían para abastecer las chimeneas durante aquel duro invierno, bajé empinadas cuestas con mi triciclo y jugué también con algunos perros del vecindario que se dejaron acariciar. También entablé amistad con algunos vecinos viejos, que se alegraban de la presencia de niños en el pueblo.

Luego merendé, y jugué un ratito en el pequeño arroyuelo donde había estado hablando la noche anterior con el abuelo. Leí un cuento, jugamos al escondite con mamá y ésta hizo de un monstruito que nos quería comer a mí y a Paula a cosquillas.

El abuelo llegó con su mula casi cuando anochecía cargado de unas grandes lecheras llenas a rebosar de leche fresca.

—Mañana tengo que subir al monasterio a llevarles a los monjes esta leche para sus dulces. —Se dirigió a mi padre—. Si no tienes inconveniente me encantaría que Martín me acompañase para no ir solo hasta allí.

Román, mi padre, asintió sin poner objeciones.

—¿Quieres subirte en mi mula? —me dijo el abuelo sonriendo—. Así el camino se te hará mucho más corto que a mí.

—Claro que sí. —Aplaudí—. Aquello sí que iba a ser una gran aventura con el abuelo.

Subimos camino arriba siempre ascendiendo en la montaña hasta que nos topamos con el monasterio allá en lo alto. El abuelo iba agarrando las cinchas de la mula con las lecheras a los lados y yo iba subido encima dirigiéndola con maestría. Me sentía como una especie de "cowboy" con Buri, trotando a nuestro lado mirando a un lado y a otro y gruñéndole a cualquier cosa que se moviera. Buri reunía todo el valor que a mí me faltaba. Cuando yo tenía miedo, era Buri quien cogía las riendas.

El camino hacia el monasterio serpenteaba a través de un desfiladero lleno de riscos y acantilados que sólo de mirar abajo causaban vértigo.

En el fondo, muy abajo, pequeños bosques se precipitaban en su caída hacia un río caudaloso.

A veces, Buri parecía asustarse y yo también. Era como si alguien nos estuviese espiando desde el mismo momento que salimos de la casa.

El abuelo, naturalmente no se daba cuenta. Pero yo y Buri, sí. Como explicarlo... Es cómo cuando sientes que alguien te está escudriñando y puedes sentir su mirada fija en tu nuca y luego, te vuelves y ya no ves a nadie.

Ruidos, carreras veloces, cuchicheos delataban la extraña presencia pero no había ninguna prueba objetiva de que aquello no fuese más que una imaginación.

—Aquí hay osos —me informó el abuelo—. Hace algunos años el gobierno trajo algunos y dicen que la población ha crecido. Pero no tengas miedo Martín, que los osos huyen siempre de los humanos. Así que no van a hacernos nada a no ser que les pongamos en peligro.

El monasterio era muy grande, color blanco. Una enorme puerta de madera negra recibía a los recién llegados indicándoles que a partir de allí no podían pasar.

Labrada en la madera, una cara medio humana, medio vegetal, parecía seguirme con la mirada. De la boca y los ojos, le salían delicadas hojas de árbol entrelazadas que se enroscaban para volver a entrar nuevamente por aquellos sitios por donde antes habían salido en un ciclo infinito.

La puerta tenía un timbre y una cámara. Aquellos monjes aún viviendo donde vivían parecían dotados de las últimas tecnologías, me dijo el abuelo.

Un monje raudo vestido con un hábito marrón y una cuerda anudada a su cintura salió a recibirnos. Me comentó el abuelo que los monjes tenían una máquina gigantesca dentro del mismo monasterio con la que hacían un chocolate muy rico.

Pagaban muy bien por la leche porque eran monjes de clausura y no podían bajarse al pueblo muy a menudo. Generalmente gracias algún amigo o alguna persona de su confianza les traían del pueblo los recados. Pero era algo estupendo que alguien les trajese la leche a las mismísimas puertas de su casa.

Mientras el abuelo y aquel monje joven acordaban el precio de la leche me entretuve acariciando el contorno de aquel rostro tallado en la madera que me resultaba tan peculiar.

Atraído por mi interés el monje sonriente de aspecto bonachón se plantó en jarras frente a la figura que yo observaba.

—¿Te gusta, chico? Es el hombre verde o el Feuillon, un dios celta de las cosechas. Anunciaba la muerte del invierno y el principio de la primavera. Lo encontrarás en muchos lugares sagrados de Francia, como por ejemplo la catedral de Chartres, en iglesias y como no, en la puerta de nuestro monasterio.

El monje se llevó una mano al bolsillo de su hábito y tendió unos billetes al abuelo. Éste, me ayudó a subir encima de la mula.

—¿Te gusta esto, Martín? Todo esto está lleno de cuevas y cascadas. Es un sitio impresionante, pero está dentro de la jurisdicción de este convento y no se puede entrar sin el permiso del prior. Un día se lo pediremos y vendremos a ver todo esto al detalle. ¿Verdad que sí, padre? ¿Verdad que nos dejarán verlo?

—Ya veremos —asintió el monje joven sonriendo y pegando una pequeña palmadita en los cuartos traseros del animal.

Yo asentí y sonreí de una forma maliciosa.

Buri no me dejaba en paz. Estaba sentado frente a la mula, fingiendo obediencia a los demás pero a mí me hacía reír.

—Me he fijado durante todo el camino por donde iba la mula —musitó como si me estuviese contando un secreto. Y las palabras le silbaron entre los dientes.

—¡Buri! ¡Que no! —le grité—. Por favor, no. Ni se te pase por la cabeza. ¡No!

—Sí, sí. Me he dado cuenta de por dónde iba la mula como si lo estuviese grabando todo con mis ojos, aquí en mi cerebro.

—¿Con quién hablas, hijo? Dijo el abuelo ajustando los estribos y comprobando la sujeción de mi silla.

—Nada, abuelo, hablaba con Buri.

—¡Ah! —dijo el abuelo como si hubiera caído de repente—. Con Buri. ¡Claro! ¡Bueno, vamos allá! ¡Con Buri! —Rio—. ¡Este niño!

Salimos del recinto y cuando estábamos fuera, Buri señaló una valla de madera, no muy alta, con algunos tablones rotos.

—No es muy alta —me provocó—. Yo creo que hasta un niño se podría colar por ahí. Y tú ya me entiendes lo que quiero decir con lo de que se podría colar. ¿Lo captas?...

Los ojos de Buri eran como una cámara fotográfica.

Fotografiaban al detalle todo cuanto veían. Eran capaces de reconocer el camino, por intrincado que fuese y de recorrerlo como si nada en la oscuridad incluso aunque una venda le estuviese cegando.

Al lado del monasterio había una vasta extensión de viñedos que las heladas habían secado y se veían desde afuera, desde la carretera. Yo había visto esa empalizada cuando nos disponíamos a salir de las inmediaciones del convento. Debían haberla hecho los monjes para que no se escapasen sus ovejas. Evidentemente su monasterio no ofrecía la suficiente seguridad porque ¿qué sentido tendría aquella pesada puerta de madera negra con su hombre vegetal cuando hasta un niño como yo podía colarse por el vallado que había detrás?

Supongo que los monjes ya sabían de este inconveniente pero no debieron reparar la cerca porque debía resultar cara o porque sólo un loco se aventuraría a subir hasta allá arriba para entrar en sus dominios.

Así que establecí un plan de actuación y con sumo cuidado, esperé a que todos estuviesen dormidos aquel día.

Aguardé pacientemente escondido en las sombras de la casa con el único propósito de salir sólo cuando la casa estuviese en el más completo silencio.

Buri, de cuando en cuando, me pegaba con la pata para que no me rindiese al cansancio.

Escondido en un rincón de la cocina, aguardé que el abuelo se fuese al sofá, le observé hasta que cerró sus ojos, y comenzó a roncar bajo su manta.

Sigiloso, entonces, me dirigí hacia la parte trasera de la casa donde aguardaba la mula atada a unos postes de madera y me subí a ella.

Al principio me costó dominar al animal que iba por donde quería.

Mi temor más grande era que el abuelo y mi padre nos sorprendiesen en plena faena pero, aquel día, parecían tener el sueño muy profundo los dos y a mi madre y a mi hermana, ni un terremoto las haría despertarse.

—¡Vamos! —me animó Buri—. ¡Que no se note que eres un miedica!

Y al decir esto, sus ojos azules relampaguearon en la oscuridad.

Avanzó delante de nosotros mostrando unos relucientes colmillos de marfil y arrastró amenazador sus pezuñas por el suelo levantando una humareda de polvo blanco en la oscuridad.

Guié la mula hacia la carretera siguiendo a Buri que caminaba con una elegancia inusitada y chulesca como nunca había visto antes en él, digna del rey de los lobos mientras aullaba orgulloso a la luna llena.

—¡Sígueme! ¡Sígueme por aquí, Martín! ¡Escapémonos!

Hacía frío. Había hecho bien en coger una manta de lana, mi linterna y algunas provisiones para el viaje. Durante el día había disimulado que comía pero en realidad había guardado todo lo que consideré útil. Tenía varias chocolatinas, algo de fruta y un bocadillo que había hecho mamá y que no me gustaba especialmente y también una botella que había llenado con leche del abuelo. Todo ello lo llevaba en mi mochila junto a mi pequeña linterna de la que nunca me separaba.

Buri nos guiaba con una precisión asombrosa a través del camino como si se lo supiese al dedillo.

Y a pesar de lo dificultoso, él siempre encontraba la forma de que la mula se pegase bien a los riscos y no se arrimase demasiado al borde del acantilado, lo que hubiese precipitado nuestra caída al vacío.

También evitaba meterse dentro del agua para no dejarnos solos a la mula y a mí. Y yo se lo agradecí porque sabía de la naturaleza salvaje del lobo: Nunca pueden resistirse a correr a la luz de la luna por un arroyo o un manantial.

—¿No te lo dije? —Giraba muy a menudo la cabeza para no perder el contacto visual con nosotros—. Te dije que me sabía muy bien el camino. ¿O no lo ves?

—¡Perro bobo! —bromeé.

Buri jadeó pletórico de felicidad y me condujo a través del desfiladero, entre las sombras de los bosques que se perfilaban amenazantes vigilante ante los sonidos que emitían las lechuzas.

Los campos estaban llenos de luciérnagas que iluminaban nuestro camino como diminutas lamparitas.

Al llegar a la empalizada, la mula se detuvo y me bajé de un salto atando las cinchas para que no se escapase, pero no debí hacerlo muy bien porque se desató de los tablones.

—¡Ah! ¡Vamos! ¡Ahora no tenemos tiempo para eso! ¡Déjala suelta y ya la atarás a la vuelta! Yo iré contigo.

—Ni hablar —le contradije—. Tú te quedarás aquí y esperarás con la mula para que no se escape.

Buri habló con un tono áspero y agresivo, como si escupiera.

—¡Niño tonto! Eres un miedica y sólo si voy contigo estarás más seguro. Así que déjate de tonterías y métete por debajo de la cerca y yo te seguiré.

Obedecí a Buri y me arremangué los pantalones a la altura de la rodilla y empecé a arrastrarme con mucha dificultad bajo la tierra arenosa sosteniendo a duras penas la linterna.

—Uy —me quejé al rasparme la piel de las rodillas con algunas piedras—. ¡Me hice pupa!

Ahora, estaba al otro lado de la cerca con las rodillas sangrando, pero victorioso. Me quité el polvo y las piedras que habían erosionando la piel de mis rodillas y observé como Buri arqueaba el lomo para pasar también bajo la cerca.

—Perro gordo. —Reí sin parar—. ¡Veremos si no te quedas ahora atravesado!

Buri por fin lo consiguió y se sacudió las esquirlas de madera que llevaba prendidas en el lomo.

Ya estábamos por fin dentro del convento. Objetivo conseguido.

En ese momento una sombra oscura corrió fugaz en la oscuridad. Corría encorvada como una especie de pequeño chimpancé y se alejó corriendo en dirección al claustro de los monjes.

Me pregunté de donde había salido aquello y qué clase de ser sería aquel que corría de aquel modo tan extraño a cuatro patas. No parecía que lo hiciese como si estuviese asustado, sino, más bien, como si nos estuviese incitando a seguirle a alguna parte. Me pregunté también si los monjes sabrían de su existencia en sus dominios.

—Huelo al bicho.

Buri alzó la nariz y olisqueó en la oscuridad el rastro que aquel ser había dejado a su paso.

Inmediatamente echó a correr y yo me dispuse a seguirle porque además, tenía mucho miedo de quedarme allí solo en la soledad del campo. Además la mula se había marchado corriendo, quién sabe hacia donde.

Seguimos al extraño ser a través del claustro, el refectorio, y a través de jugosos campos de húmeda y alta hierba.

Unas escaleras de granito muy grandes conducían a un inmenso jardín iluminado por las farolas y la luz de la luna.

Había allí mucha claridad, no como si fuese de día, pero casi.

Los monjes habían dejado los aspersores funcionando incluso por la noche y los árboles que allí había eran de una belleza exuberante. Cada hoja de aquellos árboles era brillante, bonita y tan cuidada que no podía haber mayor perfección para una simple hoja y todo gracias al sistema de regadío de los monjes.

Echamos a correr persiguiendo a aquella criatura incluso a pesar del miedo que nos atenazaba.

No sé muy bien por qué pero en vez de tener la idea de huir, tan sólo sentí mucha curiosidad por avanzar. Contradicciones del miedo que te hacen ser cobarde cuando debes ser valiente y te hacen ser valiente cuando sólo tienes miedo.

De pronto, vimos que el ser se introducía dentro de una cavidad en la roca justo detrás del caudal de una bonita cascada de agua.

—¡Se ha metido allí dentro! —dijo Buri ofuscado moviendo la cola con fuerza—. Tenemos que ver dónde se esconde. ¿No tienes curiosidad por saber qué es esa cosa que anda corriendo por ahí a la luz de la luna?

Me agarré a la barandilla de madera y contemplé dubitativo la oquedad oscura que surgía de la roca en medio de la cascada.

Finalmente me armé de valor y eché a correr.

—¡Hagámoslo! —grité...

Y salté dentro de la cascada donde me mojé y tragué mucha agua.

La oquedad no era muy grande pero Buri y yo cabíamos a la perfección al igual que el "bicho".

Al pasar Buri y yo entramos en un terreno seco, pedregoso y oscuro. Era un sitio lleno de frescura. Me tapé con la manta que llevaba en la mano y encendí mi linterna. Ahora, todo se veía con mayor claridad.

El pasadizo parecía conducir a otra cueva, ésta, mucho más grande. En alguna parte, se oía el infinito eco tortuoso que hace una gota de agua al estrellarse contra el suelo.

Al iluminar con mi linterna un espectáculo de auténtica magia se abrió ante mí.

Estaba en una cueva llena de estalactitas y estalagmitas. Eran blancas, rosadas o grisáceas y brillaban como las joyas más hermosas que un rey pudiese desear.

En algunos tramos las estalagmitas se convertían en extrañas figuras similares a personas, hombres y mujeres que sostenían a niños en sus brazos, piratas, fantasmas, animales, flores y edificios como un extraño pueblo de figuras de un deslumbrante cuarzo que hubiera permanecido allí preservado y oculto a los ojos de los hombres durante miles de años.

—¡Es maravilloso! —grité pletórico de alegría—. Y al hacerlo el eco de mi voz se extendió por todas partes y me envolvió.

En algún lugar, escondida en la oscuridad, la figura simiesca o el "bicho", como desde entonces le llamábamos emitió un sonido gutural que hizo que me estremeciese bajo la manta.

Montones de charcos en el suelo reflejaban el techo y en algunos tramos parecía que había estalagmitas donde sólo había agua.

Seguimos caminando en busca de la salida pero habíamos atravesado distintas galerías y creo que en aquel momento debimos elegir una equivocada porque llegamos a la conclusión de que llevábamos caminando horas y horas como si lo estuviésemos haciendo en círculo.

—Creo que nos hemos perdido Buri —dije resignado.

Pero Buri, no perdía la calma.

—¡Hay que ir por aquí! —Caminaba sigiloso sin despegar la nariz del suelo—. ¡Tú déjame a mí y ya verás cómo no nos perdemos!

Pero, cada vez nos internábamos por galerías más oscuras y estrechas donde había cada vez menos luz.

Me acordé de mi padre y del abuelo y comencé a llorar. Me dolían las rodillas y estaba muy cansado.

Buri me miró con ojos tristes y me pegó un lametazo para consolarme. Yo no lo podía ver porque estaba muy oscuro pero sabía que estaba tan asustado como yo por mucho que se hiciese el valiente.

—¡Se le están acabando las pilas a la linterna! —gemí—. Dentro de poco, la luz se apagará y nadie sabrá que estamos aquí, Buri. ¡Qué mala idea seguir a ese bicho por este agujero!

—¡Anda! —dijo Buri—. No llores, siéntate y comamos algo. A ver lo que traes en la mochila —dijo golpeándola con su nariz.

Me senté en un saliente de la roca y saqué el bocadillo para compartirlo con él. Pero no debió de ser de su agrado porque negó con la cabeza.

A mí tampoco me gustaba el bocadillo pero tenía un hambre horrorosa.

Me lo comí muy despacio para que me cundiese y por curiosidad iluminé el techo de la cueva mientras me lo comía.

Y entonces, vi algo extraordinario que nunca olvidaré como si estuviese sentado en el asiento de un cine.

En la cueva, había unos extraños dibujos. Y los dibujos, parecieron cobrar vida representando a extraños caballos, bisontes elefantes y tigres,

—¡Mira Buri! —exclamé señalando otro dibujo con la linterna—. Y también hay lobos como tú.

Buri se tendió a mi lado cuan largo era para mirar los dibujos dándome calor con su pelo y extendiendo una de sus patas por encima de mi brazo como si quisiese abrazarme.

Las figuras en las rocas tenían más de cuatro patas de modo que cuando la luz de la linterna incidía sobre ellas, adquirían un movimiento inusitado. Al lado de aquellos animales, corrían figuras humanas portando antorchas y una especie de arcos con flechas. Sus cuerpos parecían verdes o cubiertos de hojas tal y como la figura que habíamos visto corriendo sobre cuatro patas y como la extraña figura representada en la puerta de los monjes.

En la pared también podían verse muchos puntos rojos. Parecían manitas de niños. Muchísimas manitas de niños, como si éstos se hubiesen tiznado las manos con pintura fresca de color rojo para imprimirlas en las rocas como su seña de identidad.

Al dirigir hacia allí la linterna para observar mejor esta pintura me topé con la extraordinaria blancura de unos ojos que me miraban, los más hermosos ojos que he visto nunca en una persona y en ese momento, mi linterna se apagó.

Una bocanada de aire caliente me envolvió en medio de la oscuridad.

—Uh uh uh... —ululó una extraña voz y no estuve seguro de si era el bicho o el aire que había entrado por alguna oquedad de la cueva haciéndome creer lo que tan sólo estaba en mi imaginación.

Agarré la cabellera de Buri en la oscuridad y la acaricié muerto de miedo. Él también temblaba como cuando tiran petardos o fuegos artificiales. Debía tener en ese momento el rabo entre las piernas. Lo conocía. Siempre le pasaba eso cuando tenía miedo. Y sentí lástima por él.

—¿Quién eres tú? —grité haciéndome el valiente.

—Soy Coraline —respondió una tímida voz muy cerca de mí. Y añadió—. Y no soy el bicho, soy una niña.

—¿Y dónde están tus papás? —Quise saber.

—Mis papás viven aquí en la cueva —respondió Coraline. Y añadió—. Aquí conmigo.

Y noté como Coraline se sentaba a mi lado en la oscuridad y me tomaba de la mano.

Olía a sudor y su mano muy caliente irradiaba confianza y mucho cariño. Buri le gruñó al principio, pero creo que al final, quedó rendido a sus caricias como yo.

Coraline me contó que hubo un tiempo en que ella y su pueblo vivían allí afuera en las montañas. Pero hacía frío. Todo estaba lleno de nieve y se metieron en una cueva presas del terror a las bestias, del hambre y de la soledad.

Desde que se internaron en la cueva nunca nadie jamás los vio. Como si hubiesen desaparecido o como si la cueva los hubiese tragado.

A fin de cuentas, como si hubiesen dejado de existir.

En la cueva había un gigantesco oso cavernario.

El oso era dueño de la cueva pero había que librarse de él y conseguir que saliese afuera para que Coraline, sus hermanitos y sus padres pudiesen tener un sitio donde cobijarse.

Pero el gigantesco animal no iba a ponérselo fácil a aquellos intrusos que tuvieron que armarse de arcos, flechas y arpones para enfrentarlo.

Y esa era toda la historia.

—Esos puntos de color rojo los hicimos mis hermanos y yo —dijo Coraline—. Con ellos queríamos dejar constancia de que estuvimos aquí porque cuando entras en la cueva todo el mundo te olvida. Y yo estuve aquí —repitió como un eco—. Yo existo...

Coraline me metió algo en las manos en medio de aquella oscuridad. Me tomó con cariño guiándome a través de intrincados pasadizos susurrándome sin cesar que no tuviese miedo.

Durante el camino otra sombra oscura se unió a nosotros. A la débil luz de su antorcha pudimos ver que era una hermosa anciana, muy delgada, con el cabello muy largo y el cuerpo como el de Coraline cubierto de hojas.

Al reconocerla, mi corazón empezó a palpitar con tanta fuerza que temí que pudiese salírseme del pecho.

—Ella tiene un sentido para estar aquí —me explicó Coraline—. Ella está aquí porque nos cuida a mis hermanos y a mí y a todos los niños que vivimos aquí adentro. Somos muchos en el pueblo verde: hombres, mujeres, ancianos y niños...

—¡Abuela! —dije con lágrimas en los ojos sin poder creérmelo—. ¡Abuela! ¿Eres tú, de verdad? ¡Abuelita! ¡Tú no puedes imaginarte cuánto te he echado de menos!

Ella se agachó cuan alta era, asintió y depositó con dulzura un beso en mi mejilla y después me abrazó muy, muy fuerte, con muchísimo cariño y secó mis lágrimas con muchos besos.

Yo no sé cuanto duró aquel abrazo. Pero me pareció que debía ser eterno.

Nunca he sentido un cariño así. A veces me reconforta tanto recordarlo...

Luego se levantó y atrajo a Coraline hacia ella acariciando suavemente su cabello desgreñado.

Coraline también llevaba un vestido de hojas como ella y me fijé que tenía al igual que la abuela todo el cuerpo tiznado de una pintura vegetal color verde en la que destacaban sus enormes y hermosísimos ojos.

—Toma esto —me dijo depositando algo que traía en su mano diminuta—. Y no lo abras hasta que te vayas de Bello. Cuando tu padre y tu abuelo te encuentren estarás muy dormido. Si te acuerdas llévalo contigo. Es un pequeño regalo.

El sendero conducía hacia la luz.

La abuela y Coraline se quedaron atrás y Buri y yo avanzamos hacia la salida de la cueva en dirección a la claridad.

A la salida nos recibió el incesante ruido de las palomas que buscaban cobijo en los nidos que habían construido en lo alto de la cascada.

Giré mi cabeza y vi detenidas allí a las dos siluetas, una muy alta, casi esquelética y la otra más pequeña cogidas de la mano.

Luego me dijeron adiós y regresaron juntas a la oscuridad de la cueva.

—Yo existo. —Sonaba la voz de Coraline como un eco en mis oídos—. Yo existo...

Nunca olvidaría a Coraline y a la abuela...

Aquel día mi abuelo Cosme y mi padre nos encontraron desfallecidos de hambre y de frío y exhaustos. No me riñeron y se limitaron a abrazarme sollozando. La mula que había regresado sola les había guiado nuevamente al monasterio.

Me estuvieron buscando toda la noche durante días con la ayuda de los monjes (es curioso que para mí sólo me habían parecido unas horas) y finalmente, me encontraron dormitando en un recodo del camino que conducía hacia el salto de agua más grande.

De la misteriosa cueva nunca se supo nada. Buscamos el sitio tras el que yo aseguraba haber encontrado aquella cavidad y simplemente, no existía.

En ese intervalo que duró mi encuentro tuvieron mucho tiempo de hablar de los motivos que durante tantos años les habían distanciado.

Los dos hablaron de lo mucho que echaban de menos a la abuela y el abuelo le regaló un lobo de madera que había tallado para él cuando era niño y que había conservado todo ese tiempo sin atreverse a dárselo.

Era un lobo precioso de un asombroso parecido con Buri.

El abuelo Cosme apoyado en su bastón con su andar cansino nos condujo por la estrecha carretera empedrada que conducía al coche. Aquello era la despedida.

Paula caminaba entre papá y mamá cogida de la mano. Miraba a uno y a otro sonriéndoles y haciéndoles carantoñas mientras estos jugaban a izarla en volandas por el aire para depositarla suavemente en el suelo rompiendo a carcajadas. Mi hermana, parecía muy contenta con la idea de regresar a nuestra casa para jugar con sus amigas y sus muñecas pero yo estaba un poco triste.

No sabía por qué pero estaba triste.

Así es el corazón. ¿Quién puede decirle al corazón que se olvide de aquello que le ha hecho muy feliz? ¿De los lugares y de las personas que un día amó?

Yo lo miraba todo, como si quisiese atesorarlo en la memoria.

Sabía que donde me iría habría cosas bonitas, incluso más bonitas que en Bello, el pueblo del abuelo Cosme. Habría lagos, habría bosques, y habría nuevas historias y nuevas aventuras pero nada sería ni parecido con todo lo que había vivido durante aquellas navidades.

Nos detuvimos frente al coche que el abuelo nos dejó para regresar a casa y mamá abrió la puerta para que Paula pasase al asiento de atrás para ajustar su sillita de bebé.

Entre tanto yo aguardé junto a papá que estaba parado junto al abuelo mirándole sin decir palabra.

—Bueno —dijo el abuelo rompiendo el hielo—. Supongo que aquí tenemos que despedirnos. Ya me devolverás el coche. Apenas lo uso, así que puedes llevártelo. Al fin y al cabo aquí se estropeará de estar tanto tiempo parado.

—¡Ven conmigo papá! En nuestra casa hay sitio para ti. Estaremos encantados de que te vengas con nosotros.

—Yo soy feliz aquí con mis cosas —dijo el abuelo—. Nunca olvides lo mucho que te quiero.

Papa tragó saliva y le tendió indeciso la mano. Éste se la estrechó con fuerza pero también lo atrajo contra sí fundiéndose con él en un estrecho abrazo.

Después se apartó como si sintiese un poco de vergüenza.

Me di cuenta que papá tenía los ojos como si estuviese a punto de llorar o como si llorase pero sin lágrimas.

—Cuida de Alicia y de Paula. Son unas chicas maravillosas. Y procura no ser como yo y cumplir siempre tus promesas. —Y después me señaló a mí revolviéndome el pelo con cariño para añadir—. Y también cuida de Martín... Los niños pueden ver más allá de lo que podemos ver los adultos. Por eso cuando te cuente cosas de su amigo imaginario Buri: ¡Escúchale! Él ve a Buri como nos está viendo ahora a nosotros.

Papá me miró y me cogió de la mano mirándome con ternura.

—¡Anda! —le dijo al abuelo—. ¡Vamos subid al coche todos! Y cuando lleguéis al pueblo de abajo parad en la cantina y preguntad por Sebastien. Tiene un regalo mío para Martín y para Paula.

Nos despedimos del abuelo diciéndole adiós con la mano. Aquella fue la última navidad que le vimos.

Al llegar al pueblo y entrar en la cantina en la que él solía parar a tomar sus vinos y leer el periódico, Sebastien, el dueño, nada más vernos nos hizo un gesto con la mano y entró rápidamente en la cocina donde estaba su mujer haciendo los pinchos para salir al cabo de un instante con un hermoso cachorro de perro labrador entre los brazos.

—¡Esto es para los renacuajos! ¡Regalo de Cosme para sus nietos!

Paulita y yo nos pusimos a reír y a dar palmadas de alegría. Yo noté que Buri, estaba sentado a mi lado como siempre pero, tan sólo yo podía verle y parecía especialmente triste por la llegada del nuevo perrito.

Durante mucho tiempo aquel cachorro que mi abuelo nos regaló se convirtió en una de mis mejores compañías.

Buri tardaba mucho tiempo en aparecerse en mi cuarto.

Y finalmente sus visitas se fueron distanciando en el tiempo y un día ya nunca más volvió.

Sin embargo yo creo que regresó a Bello, porque algo me lo dice. Me dice el corazón que regresó al pueblo del abuelo porque allí era feliz, y porque allí tenía su casa y su futuro, junto al pueblo, el pueblo verde de Coraline y también el de la abuela Madeleine.

Creo que el abuelo debió reunirse también con ellas. Me encanta pensar que ahora también él lleva un traje de hojas para confundirse con los árboles como Robin Hood de los bosques.

Pero eso aún no ha sucedido todavía. Será muchos años más tarde. En este momento, yo me dirijo con mi familia a mi casa a Douei el sitio en el que vivo.

Regreso de casa del abuelo de pasar con él las navidades y hay algo frío y rasposo que me hace daño en la palma de la mano y en los dedos, que me raspa la piel de la mano que lo sujeta.

Lo dejo caer en el asiento del coche para ver lo que es.

Parece un diminuto fragmento de coral.

Relato de la autora Rosa Estrada Díaz © 2017. Obra registrada en Safe Creative (Código de registro: 1706162627725).

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Oleh

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