El corazón de la doncella

Juana de Arco

Últimamente, un pájaro venía a alegrar sus mañanas, se trataba de un mirlo. A Aurelién Martinol le gustaba despertarse con los trinos de su errático amigo y el aire fresco procedente de la montaña que se colaba a través de su ventana. Siempre repetía el mismo ritual. Antes de irse a desayunar contemplaba los saltos del mirlo entre rama y rama éste a su vez, correspondía mirando a Aurélien como si ambos fuesen ya viejos camaradas.

El árbol desde el que el mirlo atisbaba a Aurélien era un roble antiquísimo.

Había estado allí cuando Aurélien nació, algo más tarde, durante su adolescencia, había grabado en su superficie rugosa con el pico de una navaja un corazón atravesado con dos flechas en cuyo interior los nombres de los enamorados aún eran legibles.

Maríe era su mujer. Le había dado dos hijos y estos a su vez una horda de fierecillas que cuando venían a ver a sus abuelos corrían desbocados en torno al viejo roble desperdigando todos los juguetes sobre la hierba.

Cuando Aurélien se enamoró por vez primera y cuando Maríe le confesó su embarazo, el viejo roble estaba de testigo.

Para su desgracia, también lo estaba la primera vez que Maurice Villepin, su vecino, había irrumpido en su casa como un auténtico energúmeno, y le había amenazado con despojarle de sus tierras aduciendo que éstas pertenecían a su familia desde tiempos inmemoriales, que tenía papeles que así lo atestiguaban y que Aurélien y su mujer recibirían su merecido de manos de la justicia.

Posiblemente, pensó Aurelién, hubo un tiempo en que las tierras donde se asentaba el terreno y la casa que les pertenecía a él y su esposa, hubiesen sido pertenencia de la familia de Villepin pero ahora eran indudablemente suyas y no se las dejaría arrebatar así, por las buenas. Su familia, la de Aurelién, había comprado las tierras a un precio ridículo. Había trabajado duro para conseguir que sus viñedos prosperasen, ayudado por uno de sus hijos incluso, había conseguido embotellar un chardonnet de un sabor insuperable que pensaba poner próximamente a la venta principalmente entre sus amigos y luego, a pequeña escala.

En todo ese tiempo, Villepin no había protestado lo más mínimo por la propiedad de las tierras pero sí ahora que veía que aquella tierra yerma comenzaba a prosperar.

Aquel día, el mirlo no vino.

Temió Aurélien que se trataba de un malísimo presagio y en verdad debía serlo porque su mujer entraba en aquel momento portando la temida carta con el sello del juzgado...

El día anterior el hijo menor de Villepin, un joven mal encarado, gamberro, pendenciero y borracho había irrumpido en la finca profiriendo todo tipo de insultos y amenazas contra Aurélien y su familia. En aquel momento, Maríe había echado a correr en dirección a la casa con intención de llamar a la policía mientras el muchacho, se encaraba a su marido esgrimiendo un bate de béisbol.

Justo cuando el bate del joven iba a estrellarse contra su cabeza, otra mano joven y fuerte, frenó su avance, doblando el brazo del muchacho a la altura de los omóplatos y obligándole a caer postrado de rodillas.

—¡Deja de joder y no molestes más! ¿Me oyes? —vociferaba el nuevo.

Aurélien contemplaba boquiabierto la escena sin comprender nada. Inmediatamente, su salvador, otro joven de la misma edad que el hijo de Villepin, incriminaba algo al agresor al que al parecer conocía y que terminó por huir despavorido.

Aquella carta que Maríe traía entre manos era la respuesta al acto violento que había acontecido el día anterior: El hijo de Villepin acusaba a Aurélien de infringirle graves lesiones. ¡La desfachatez de aquel muchacho y su familia no conocía límites!

Se miraron apesadumbrados sin decirse nada, ella apoyada en el dintel de la puerta y él sentado en su escritorio.

Aurélien posó la carta sobre la mesa y contempló desde la ventana como Maríe se alejaba rodeando la casa y volvía al cabo de unos instantes portando un periódico en la mano.

—Voy a comprar el suministro al mercado. ¿Vas a salir o puedo llevar tu coche?

Aurélien le hizo un gesto con la mano indicándole que podía llevárselo tranquilamente. Le vio entrar en el garaje y salir al cabo de unos instantes manejando en dirección a la verja. Le dijo adiós pero su mujer parecía ir sumida en sus pensamientos y no correspondió a su saludo.

Desazonado abrió el Journal le Soleil por la tercera página. Entonces, una extraña noticia acaparó toda su atención.

"Científicos, forenses y dos afamados perfumistas destapan un fraude al descubrir que los restos que reposan en el arzobispado de Tours, presuntamente pertenecientes a Juana de Arco, son en realidad una momia egipcia.

Tras usar un espectrómetro infrarrojo, un microscopio electrónico conjuntamente con las pruebas del polen y el carbono-14 se logró arrojar un poco de luz al asunto llegando a la conclusión que no había ningún indicio de que el cuerpo hubiese estado expuesto al fuego.

Las narices privilegiadas de dos afamados perfumistas: Sylvaine Delacourte, de Guerlain, y Jean-Michel Duriez, de Jean Patou, vinieron a corroborar la opinión de los expertos al detectar un cierto olor a vainilla, aroma que está presente en muchos procesos de momificación dado que hubo épocas en que las momias eran utilizadas para la medicina y la creación de perfumes"
.

Aurélien cerró el periódico de golpe y quedó pensativo.

Había leído algo al respecto y conocía muchos detalles de la vida de la heroína de Francia que había combatido en la Guerra de los Cien Años cuyo fin había sido morir quemada a la edad de diecinueve años.

Según la leyenda, tras sufrir el martirio de ser quemada varias veces durante el mismo día, sus cenizas fueron arrojadas al Sena para desalentar a sus seguidores y únicamente pudo salvarse su corazón.

Sin embargo, existían reliquias como en el Arzobispado de Tours que consistían en trozos de piel y huesos junto con un trozo de lino y el fémur de un gato contenidos en una vasija y encontrados en el sitio de Rouen, allí donde Juana fue martirizada...

Estos restos hacían suponer que pertenecían a la doncella de Orleans debido a que era típico encontrar cadáveres de gatos junto a aquellos condenados por la Santa Inquisición por delitos de brujería.

Aurélien miró pensativo por la ventana.

De pronto, el cielo se había ensombrecido. Unas nubes negras se aproximaban desde el Este y amenazaban con descargar su lluvia. Descubrió así mismo que su mujer había olvidado cerrar la verja.

Tenía que ir allí. No estaba dispuesto a dejar que nuevamente el chico de Villepin entrase en su propiedad con nuevas amenazas aduciendo que había sido agredido.

Caminó por el camino engravado con el periódico en mano y se dirigió a la verja metálica para cerrarla.

En ese momento, descubrió que un joven estaba sentado afuera.

Al principio, Aurélien se echó a temblar temiendo que fuese el hijo de su vecino dispuesto nuevamente a buscar camorra. Pero, al mirarle al rostro, se dio cuenta que no era sino su benefactor, aquel muchacho desconocido que había salido de la nada y había impedido que el palo de béisbol se estrellase contra su cabeza...

Reparó también que no le había dado las gracias por todo lo que había hecho.

Aún estaba a tiempo.

—Buenos días —dijo amablemente.

—Buenos días —respondió el muchacho sonriendo.

Aurélien le invitó a traspasar la verja señalando el interior con su mano. El joven no se hizo de rogar y aceptó la invitación.

—Bien —empezó diciendo—. Quiero darte las gracias por todo lo que hiciste ayer al defenderme... Sin embargo, hay algo que me preocupa y es que tú saltaste también la valla como ese endiablado muchacho y me pregunto quién eres, qué relación tienes con el hijo de Villepin y por qué estás rondando mi casa. —Señaló el banco donde hace unos segundos el muchacho estaba sentado.

—Bien —respondió éste, introduciendo las manos en los bolsillos de su sudadera—. Son demasiadas preguntas y casi me parece que estoy ante un inspector de policía. —Rio—. ¡No se preocupe, es una broma! Intentaré encontrar las respuestas. En primer lugar, efectivamente salté la valla en busca de mi amigo Michel, el joven del que usted me habla tan afablemente como el hijo de Villepin. Me lo encontré muy exaltado y me contó lo que pretendía hacer así que le seguí hasta aquí para impedir que hubiese una tragedia.

Aurélien le miró mientras ponía el cerrojo a la verja. Tenía el estilo de vestir del hijo de Villepin: una sudadera con capucha y pantalones vaqueros desgastados, sin embargo, aquel otro muchacho que tenía ante sí parecía tener otros valores o al menos él, lo intuyó.

—¡Sígueme! —le invitó señalando el camino de grava—. Quiero ofrecerte una copa de chardonnet de fabricación propia. Próximamente, tengo pensado comercializarlo y me gustaría saber la opinión de la gente antes de hacerlo.

—¡Gracias! —Sonrió.

Se quitó la capucha y dejó al descubierto un pelo lacio y dorado como las espigas. Entornó sus enormes ojos verdes de largas pestañas y señaló el periódico que Aurelíen aún esgrimía en su mano.

—¡Vaya! —Silbó y señaló el artículo—. ¡Ahí hablan de la doncella de Orleans! ¿Me deja verlo, por favor?

—¡Claro que sí! —Se lo extendió Aurelién—. Vayamos al interior de la casa, esas nubes no tienen buen aspecto.

El muchacho le siguió a través del camino de grava que conducía a la casa. Una vez allí, pasó al interior y miró el interior de la cocina asombrado, sin atreverse a sentarse.

Fue Aurélien quien le invitó a hacerlo mientras sacaba dos copas estilizadas de cristal labrado y descorchaba la botella.

Mientras lo hacía, contempló como el joven se quedaba embobado mirando el roble que crecía muy cerca de la ventana y que sólo podía ser visto desde ese lado de la casa.

—¡Es bonito! —Pensó en voz alta mientras tomaba la copa que Aurélien le ofrecía—. Podría decirse que en él palpita un corazón. —Luego tomó un sorbo y dijo—: Ummm le felicito. Sabe muy bien.

—Sí, lo es. —Suspiró orgulloso Aurélien contemplando a su vez el árbol.

—¿Hace mucho que está aquí? —demandó el joven con curiosidad.

—Estaba mucho antes de que yo naciera. Desde que tengo uso de razón lo recuerdo aquí.

El joven asintió.

Para él no resultaba fácil lo que iba a decir. No sabía muy bien cómo empezar ni si el hombre que tenía ante sí le creería. Tenía que intentarlo. Aquella sería su última oportunidad. La única oportunidad que tendría de acercarse a Aurélien Martinol para proponerle algo, que sin duda no olvidaría.

—Veo que le interesa el tema de Juana de Arco. —Señaló el periódico sin saber muy bien cómo reaccionaría el hombre.

—En efecto, sí. Acabo de leer esta noticia. Dicen que han examinado los restos que están en el arzobispado de Tours y que estos son falsos, se trataba de una momia egipcia. ¿Lo has leído?

El muchacho asintió tomando un trago de chardonnet. De pronto, se levantó de su silla y comenzó a pasear nerviosamente por la cocina.

Aurélien tuvo un poco de miedo. ¿Qué era lo que le pasaba a aquel muchacho, porque de repente se ponía tan nervioso? No había sido muy buena idea dejarle pasar a la casa sobre todo, después de lo acontecido con Michael el hijo de Villepin, que además decía ser su amigo.

—Perdone —empezó el joven—. Tal vez lo que le cuente este día le resulte raro. Sin duda recordará este momento cuando pasen los años y tal vez piense en mí como un loco o la persona que le vino a revelar un importante misterio.

Imagínese aquella época, la época en que la doncella vivió. Su proceso inquisitorial estuvo lleno de muchas lagunas, muchos defectos. Efectivamente fue quemada tres veces durante el mismo día. ¿Puede imaginarse su tormento? ¿Puede imaginar el horror que tuvo que sufrir aquella muchacha de tan sólo diecinueve años, apenas una niña?

Aurélien cerró los ojos e imaginó a la muchacha mientras era conducida con un hábito de arpillera con las manos atadas a la espalda en dirección a la hoguera.

La imaginó con el semblante tranquilo, segura del paso que había de dar.

—Juana era una mujer complicada, unas veces era dulce y mansa como un corderito, en aquellos momentos en que decía recibir las visitas de ángeles y santas, sin embargo, en otras ocasiones, cuando la ocasión lo requería, se convertía en una mujer dura, que gustaba vestirse con ropas de hombres y que manejaba las armas como el mejor de ellos. Esa personalidad arrolladora de Juana, fue la que convenció con su verborrea al Delfín de que ella debía ser la salvadora de Francia. Pero finalmente, el Delfín, la clase eclesiástica y la Universidad de París, principalmente, la vendieron a los ingleses. Sin embargo... —El joven se tomó unos segundos para tomar aliento—. Hay quien dice que Juana no fue quien realmente murió en la hoguera sino otra mujer. Corre el rumor que tras la supuesta muerte de la doncella; una mujer que decía llamarse Claudia, aseguraba ser la doncella de Orleans. La citada Claudia contaba que fue ayudada por alguien que le facilitó la huida. Posteriormente, se casó con un noble y tuvo hijos. Hasta el último día de su muerte aseguró que ella era Juana de Arco, la verdadera doncella de Orleans, pero absolutamente nadie la creyó.

Aurélien miró boquiabierto a su invitado con la copa en la mano sin saber qué hacer, si posarla o apurar un gran trago de ella.

—¡Es una historia increíble! —dijo únicamente.

—En efecto —respondió el joven—. Es increíble, nadie la creyó. Yo solamente se la estoy contando. Lo que intento decirle es que Juana de Arco no fue aquella mujer que condujeron maniatada a la plaza del mercado de Rouen para quemarla.

—¿Entonces de quién se trataba? —Se sentó Aurélien al que comenzaban a temblarle las piernas.

—¿Se lo digo? —preguntó el joven.

—¡Endiablado muchacho! —casi gritó Aurélien—. ¡Suéltalo ya!

El joven dudó unos instantes. Finalmente se decidió...

—Esa muchacha era Claudia, su gemela. Una era la mística y otra la guerrera. La mística fue quemada tres veces en la plaza del mercado de Rouen y su cenizas fueron arrojadas al Sena para dar un castigo ejemplar a sus seguidores.

—¿Y la guerrera fue la que sobrevivió, no es cierto? ¿Aquella que se casó con un noble y decía llamarse Claudia? ¿Así, que intercambiaron sus personalidades? ¿Su gemela le ayudó a huir y ocupó su lugar en la hoguera?

El muchacho clavó en él sus ojos verdes y asintió en silencio con el semblante muy serio.

—¡Tengo que irme! —dijo cortante depositando una tarjeta sobre la mesa—. Soy inversor en bolsa y a pesar de mi aspecto tengo una fortuna que no podría ni imaginar. En la tarjeta hay un número de cuenta bancaria. Es una cuenta que he puesto a su nombre con unos ingresos millonarios.

—¿Por qué? ¿Por qué haces esto, muchacho? No comprendo. ¡Es más, no te creo!

—¡Deberá creerme! —gritó pegando un puñetazo sobre la mesa. Luego más calmado dijo—: Deberá creerme porque yo me iré de aquí y usted no me verá nunca más. Es necesario que guarde estas tierras de su vecino y de cualquier extraño. Usted debe perpetuar esa idea en sus descendientes. Deberá cuidar el corazón de la doncella, aquella que se salvó y que habita en algún lugar bajo sus tierras.

Cuando quiso decirle algo, el joven había abierto la puerta y corría camino abajo en dirección a la verja.

Tomó la tarjeta y la miró.

Solamente tenía el número de cuenta y un nombre: Angel Darc.

Apellido que quizás había evolucionado a partir del D´arc de otra época.

Un impulso asaltó a Aurélien. Aquel muchacho, descendiente de Juana de Arco era como el mirlo que se posaba en su ventana, alguien que quizás elegiría otro asentamiento y al que nunca más vería.

—¿Dónde está, endiablado muchacho? —le increpó mientras corría por el camino de grava y le veía perderse en la lejanía—. ¿Dónde está el corazón de la doncella?

A punto de sufrir un ataque cardíaco se aferró al viejo roble, aquel que le había visto crecer a él, así como a sus hijos y a sus nietos.

Y entonces recordó las palabras del misterioso Angel Darc cuando miró el árbol:

"Sí, es bonito, podría decirse que en él palpita un corazón".

Relato de la autora Rosa Estrada Díaz © 2013. Obra registrada en Safe Creative (Código de registro: 1312159596242).

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