El adiós

hospital

¿Sida?, se preguntó Margot. Asombrada pero inexplicablemente tranquila.

Sabía que no había motivo para alarmarse. Sí, la situación no era para menos, sí, pero todos los días la medicina avanza, se descubren nuevos fármacos, todo es cuestión de tiempo. ¿Tiempo? ¿Y a quién le importa el tiempo? ¿Quién tiene tiempo? ¿Ese hombre que pasa leyendo el periódico?¿Esa mujer que saca de una bolsa de plástico un bocadillo grasiento mientras mira como se columpian sus hijos? ¡Y un carajo el tiempo! ¡El tiempo es para los otros! ¡Para ella no!

Era primavera, hacía un día espléndido, a sus oídos llegaba el ruido del viento ululando entre las copas de los árboles, el griterío de los niños, una bocina lejana.

La palabra maldita, había brotado sin querer a la salida del ambulatorio, entre la realidad y el sueño: "Como una flor que expira". ¿Quién había dicho eso? Parecía poesía. Pero no, no era poesía. Era sida.

Deslizó una mano en su bolsillo y palpó algo, era el resultado del análisis de sangre, VIH positivo, decía. Recordó que ni siquiera lo había guardado en el bolso, había salido atropelladamente de la consulta, ciega, completamente ciega, sin ver el semáforo que estaba en rojo.

Con las yemas de los dedos, rozó sus bordes, e inmediatamente las retiró como si el papel quemase. Entonces, cerró los ojos, sentada en aquel banco del parque y recordó sin saber porqué a Luismi, aquel muchacho seropositivo del instituto al que daba clases, el de los ojos saltones, el que siempre estaba triste y al que ella quería siempre ayudar porque se sentía marginado, porque todos temían acercarse a él porque tenía ¿sida? Incluso ella había sentido un cierto recelo, a saber como habría contraído la enfermedad. ¡Ironías del destino! Quién iba a decirle a ella que una simple transfusión de sangre en una operación sería suficiente para que le inyectasen la maldita sangre enferma.

No había abierto más que un poco los ojos, cuando se dio cuenta que el parque había quedado muy atrás. La puerta de la habitación estaba entreabierta, había un insoportable olor a lejía y borrosamente vio pasar siluetas con batas blancas deambulando de un lado a otro.

¿Quién está ahí? Miró y se encontró con los ojos de Luismi. Luismi, el paliducho que había venido a verla. La única persona de su entorno del instituto, ni amigos, ni compañeros de trabajo, sólo Luismi. Sí, el que apenas levantaba los ojos cuando le hablabas. Su extraño amigo Luismi, allí contemplándola. Mudo.

El chico sonrió dulcemente y bajó los ojos, como solía hacer. Ella pensó: Me estoy muriendo. ¿Verdad, Luismi? ¿Muriendo? ¡Tonterías! Sin duda lo soñé. ¿Que es imposible? ¿Eh? ¡Por que tú lo digas! Yo estoy sana, ¿me oyes? Yo no tengo eso. ¡No! ¡No digas la palabra!

Estaba mareada, mareada como después de conducir durante todas las noches viendo pasar las luces vertiginosas. ¿Era de noche? ¿Había amanecido? ¡No! ¡No quiero cerrar los ojos! ¡No dejes que me duerma, Luismi! ¡Es muy importante que esté despierta!

La discusión de dos viejos en la sala de espera:

—¿Y dice usted que tenga fe? ¿Que crea en Dios? ¡Pues demuéstremelo! ¡Haga que aparezca Dios y yo le creeré! Porque tengo cáncer, ¿sabe? Me estoy muriendo y sinceramente no creo que ni Dios ni sus malditos ángeles vengan a salvarme.

Paredes blancas, asépticas, olor a desinfectante, demasiado desinfectante, timbres que no dejan de sonar, carreras por los pasillos...

—Enfermera, a mi mujer se le ha acabado el gotero.

—Siento tener que comunicárselo, su hijo ha entrado en la fase terminal...

—¡Doctor Galavez! Es preciso que acuda a la 243, los familiares quieren hablar con usted.

¿Dónde está la maldita enfermera? ¡Dame morfina! Dame lo que sea, pero que me duerma, avisa a la enfermera para que me quite este dolor infame. ¿Para qué seguir viviendo en estas condiciones? ¡Dime!

Pero Luismi no llamaba a la enfermera, sólo le tomaba la mano como una aparición y le decía:

—¡Quieta! ¡Tranquila! Yo estoy a tu lado. Sé que estás muy cansada, pero ya queda poco. Yo estoy a tu lado. Imagínate que vamos hacia un gran lago, el más hermoso lago que has visto en tu vida. Yo te doy la mano. Yo te ayudo a cruzarlo.

Ella sintió su voz susurrante y la dulzura con que él retiraba el sudor de su frente. Luismi la miraba, casi con afecto. ¿Cuántos años tendría exactamente? Era demasiado maduro. ¿Diecisiete? ¿Diecinueve? ¡Nunca podría haberle agradecido bastante que hubiera venido a visitarla! Aún no había desarrollado la enfermedad, se cuidaba bien, comía bien, nada de estrés, mucho deporte.

—¡Mira! —le dijo él—. Hace un día precioso, te ayudaré a llegar a la ventana.

Margot, miró. Pasaban los coches, pasaban las gentes, también una madre con un niño que volteó la cabeza para decirle adiós desde abajo. ¿A quién decía adiós?

Tal vez se lo decía a ella o a los muchos que se quedan mirando tras una ventana como la vida fluye y no se detiene.

—¡Llévame a la cama! —le dijo—. ¡No quiero ver la luz, no quiero ver la gente! ¡No quiero ver a nadie!

Luismi se despidió prometiendo volver al día siguiente. La puerta volvió a abrirse y el ser al que más amaba estaba frente a ella, con una mirada culpable y una distancia que dolía.

—¡Oye! —dijo Carlos tragando saliva—. Dime: ¿Qué tal te encuentras hoy?

Margot, cerró los ojos y por un momento, pensó en el parque, en la bocina lejana, en Luismi y en el adiós inocente de un niño que en brazos de su madre se volvía para sonreírle y decirle adiós con la mano.

Luego carraspeó y tomó aire para decir:

—Me muero, supongo que ya lo sabes...

Relato de la autora Rosa Estrada Díaz © 2013. Obra registrada en Safe Creative (Código de registro: 1312149592155).

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