La mar tapada

cuélebre

«En esta cueva te meterás,
y cuélebre te harás,
y el que te quiera gozar,
tres besos en la lengua te tiene que dar».
Conjuro del Rey
(Tradición popular recogida por Constantino Cabal)

Ya era tiempo de morir. Mis escamas lentecían y el agua se enturbiaba cada vez que me acercaba al río. Oía el rumor de la mar tapada [1] que comenzaba a llamarme, el susurro que anunciaba el último silencio. Yo, el cuélebre más temido, el culebrón más buscado, iba a morir.

A pesar de los siglos que he vivido, recuerdo nuestra historia con claridad: los cuélebres tenemos buena memoria. Estuvimos en el Jardín de las Hespérides, conocimos a Simbad el Marino —un mentecato que creía que éramos dragones— y el romano Virgilio nos describió con palabras de oro que después perecieron en el incendio de la biblioteca de Constantinopla. Los tiempos en que éramos muchos pasaron, pocos humanos saben ya de nuestra existencia. Desencajados recuerdos, cuentos para asustar a los niños o restos petrificados, eso somos ahora.

Cuando me desperezo en el fondo de la caverna donde he vivido durante siglos, paréceme ver mi larga cola reflejada en el agua del río que fluye entre las galerías de paredes fosforescentes. Pero es sólo un espejismo, el fruto del deseo de regresar a la pretérita juventud. Extiendo entonces mis preciosas alas nervudas y negras como las del murciélago y con esfuerzo las ejercito para el vuelo nocturno en busca de comida. Cuentan que como cadáveres humanos, pero nunca me gustaron los cementerios. Es una más de las fábulas que corren sobre mí. Reconozco, sin embargo, que devoré a todos aquellos que intentaron conseguir mis tesoros: la ambición tiene un precio y, francamente, no me costó demasiado castigar la osadía de los que no consiguieron superar la prueba.

En otros tiempos, campesinos majaderos me arrojaban a la caverna grandes panes llenos de alfileres para ver si moría, sin saber que nunca me gustó el pan. Yo era así de especial. Mi carácter salvome durante centurias de los ataques de los humanos y de las apuestas espurias de los paladines de fortuna que, por aquel entonces, arribaban casi en tropel convencidos por la conseja que habían escuchado en villas y caseríos.

Llegaban, uno tras otro, en busca de la bella encantada y sus maravillosos tesoros, pues cuentan que aquel que consiga vencer el desafío de los tres besos despertará a la durmiente, quien le amará para siempre y el cuélebre (es decir, yo) desaparecerá. Su codicia les hacía creer que la prueba sería fácil, que cerrando los ojos y haciendo de tripas corazón lo conseguirían. Mas hay que tener mucho corazón y bastantes tripas para besar en la lengua a un cuélebre. No debe ser agradable, debo reconocerlo. A cada beso, nuestra lengua bífida se hace más áspera y repugnante para los humanos y supura una baba pastosa, maloliente, que se escurre por las barbas de la boca desencajada, cuyas fauces despiertan un terror incontrolable. Sin embargo, los cuélebres atraemos sin remedio a los humanos —como lo hace la piedra al musgo o el sol a la simiente— pues en este cuerpo de culebrón enciérrase el mayor de los milagros, el ideal de la más pura belleza, el mito del amor eterno...

Entre mis pretendientes recuerdo, de manera especial, al caballero Ulrigh. Llegó una noche de invierno desde las tierras más al norte, en donde el sol no puede vencer al horizonte. Se postró ante mí, impresionado por el bufido de mis pulmones y el brillo de las entonces púberes escamas.

—¿Qué buscas aquí, malandrín? —le espeté.

—Soy el príncipe Ulrigh, de Manllor, y vengo de lejanas tierras para salvaros, mi princesa, para devolveros al mundo de los cristianos y rogar por la merced de vuestro amor —era sólo un jovencito, pálido, imberbe, el pelo muy rubio y los ojos azules; casi parecía una muchacha.

Pegué la barriga a la tierra, entorné los párpados y plegué las alas. Luego, acerqué las fauces al rostro de Ulrigh y escudriñé el hielo de sus ojos azules. Mi otro yo también tuvo los ojos azules, recordé.

—Eres muy joven para romper el hechizo, príncipe.

—No creáis en todo lo que ven los ojos, que la oruga más repugnante se torna en bella mariposa con el calor de los cielos.

Me agradó la respuesta y saqué la lengua muy despacio. El caballero no se arredró y la besó con decisión. Siempre recordé el placer que me inundó desde las fauces hasta la cola, fue algo desconocido que me hizo desfallecer por un breve instante, las alas me temblaron y casi quedé desmayado en el suelo de la caverna. Me recompuse con esfuerzo y la lengua empezó a babear; Ulrigh retrocedió un paso ante el insoportable hedor de la secreción. Él también se rehizo, cerró los ojos y volvió a besar la lengua palpitante. La sensación de placer que me recorría creció. Pareciome que aquel gozo era el signo inequívoco de que comenzaba a producirse la anhelada transformación, que se liberaría al fin mi ente humano. Hice un esfuerzo, no obstante, para mantenerme vigilante pues los humanos, para su desgracia, echan también raíces en el pantano de la violencia y conviven con el légamo movedizo de la traición. Ulrigh se acercó a mis fauces abiertas, húmedas, ansiosas y mientras parecía acercar su boca a ellas vi un destello: era una daga que se aproximaba a mis barbas desde abajo. Hice un escorzo instintivo con el cuello y el puñal se rompió contra las escamas. A continuación, me comí al principito. Sabía a sacabera...

Incluso la larga vida de un cuélebre resulta corta cuando se compara con el tiempo de las estrellas, con la inmensidad del misterio. No aceptaba la vejez y sentía que mi vida había sido tan fugaz, tan efímera como el canto de la cigarra. En aquel entonces en que se aproximaba la muerte vana, renegaba por primera vez del hecho de la existencia y repudié la magia que me hizo nacer, cuando hubiera debido alegrarme de haber sido el portador de un sortilegio cercano a la eternidad. Maldecía al agua turbia, a las escamas que se reblandecían y oscurecían, a la soledad que me pesaba cada vez más y, sobre todo, al rumor del oscuro mar que me esperaba, símbolo del fracaso pues la única muerte que puede concebir un cuélebre es la que hace tornar a la vida que retiene dentro.

Sobre estas cosas pensaba en la caverna solitaria o cuando volaba en las noches más oscuras para impedir que pudieran verme. Los cielos se han poblado de máquinas voladoras y las montañas y acantilados bullen de ciudades y vehículos que andan por sí solos: debía de tener precaución. Cuando volaba a ras de las olas ya no veía ballenas o delfines, sólo lejanas luces de enormes barcos que recorrían sin cesar el horizonte. El mar, como la tierra, está lleno de ingenios que hubieran podido acabar conmigo.

Aquella noche la niebla cubría los acantilados donde me había detenido a descansar de la infructuosa caza: ni una mísera gaviota se había cruzado en mi camino y el hambre me torturaba. Suspiré por el deseo de que apareciera alguna vaca que llevarme a las fauces, aunque tampoco haría ascos a cualquier otra pieza que caminara, reptara o volara, tal era mi apetito; por desgracia, el silencio que me rodeaba era el presagio de otro fracaso en la búsqueda de condumio. Estaba pensando en la posibilidad de comerme un pequeño maizal cercano cuando oí unas voces entre la niebla...

Erguí la cabeza. ¡Comida!, al fin llegaba comida. Al cabo de unos momentos, vi a una mujer que corría despavorida hacia el borde del acantilado; desplegué las alas y me aprestaba a saltar sobre ella cuando tropezó y cayó entre unas rocas. Entonces aparecieron otros dos humanos que empezaron a buscar a la mujer con unos faroles de luz fría que portaban. Ya había visto en otras ocasiones aquellos extraños fanales que no tenían llama y no me causaron sorpresa; levanté el vuelo y me abalancé sobre el primero de ellos. Un solo golpe con la cola le tumbó en el suelo. El otro quiso huir pero poco pudo hacer: pronto le capturé, enrollando su cuerpo con mi cola mientras el humano gritaba y sollozaba. Me elevé sobre el acantilado y le dejé caer al lado del otro. Cuando me los comí agradecí a la niebla aquellos dones inesperados.

La mujer estaba desmayada. En aquel momento pensé que fue la soledad —o que ya estaba satisfecho— lo que me impulsó a asir su cuerpo y levantar el vuelo hacia mi caverna, ¡cómo cambia todo cuando no se tiene fame! Las nubes se apelmazaban en las laderas de las viejas cumbres que me habían protegido durante tanto tiempo y el aire frío de la noche me acariciaba, placentero. Por un instante creí que nada había cambiado, pero el peso del cuerpo que portaba me tornó a la realidad. Nunca había hecho algo así, jamás tuve la necesidad de llevar a un humano a la gruta pues ellos venían a verme a mí, ellos eran los que me necesitaban.

Deposité el cuerpo en el suelo del fondo de la sima, cerca del río que reflejaba mi destino, y observé a la mujer. Era trigueña, robusta; varios arañazos le surcaban el rostro, ¿por qué la estarían persiguiendo?; ¿tendría los ojos azules...? Mientras la contemplaba, la pereza de la digestión me invadió y venciome un profundo sopor. Cuando dormimos, los cuélebres nunca soñamos pero juro que durante el letargo vi que alguien me besaba y que el conjuro se cumplía.

Unos sollozos me sacaron bruscamente del ensueño. La mujer había recobrado el conocimiento y lloraba encogida en un rincón. Sus ojos negros me miraron aterrados e intenté calmarla:

—No tengas miedo, no voy a hacerte daño. Si hubiera querido hacértelo, no estarías viva ahora...

Todavía se horrorizó más al escuchar mi voz. ¿Cómo es la voz de un cuélebre?: Dicen que es como el chasquido de un látigo, que las palabras restallan una a una, sibilantes. Pero de a poco se fue tranquilizando, al ver que yo estaba enroscado y tranquilo, con las alas plegadas y las fauces cerradas. Seguí mirándola con detenimiento, era bella, sin duda, aunque estaba sucia y desgreñada. Algo más tranquila, me contó que se llamaba Inga, y que huía de aquellos hombres porque se había escapado de un «club» —poco me costó comprender que ella se refería a un lupanar— pues quería regresar a su casa. Me habló de su país, cercano a las tierras otomanas, de cómo la habían engañado para traerla hasta aquí, de las riquezas que le habían prometido...

También ella había sido dominada por un hechizo, cavilé mientras me solazaba con la contemplación de sus hermosos ojos. Conozco muy bien la seducción que ejercen las riquezas y oropeles en los humanos, cómo les cautiva poseer a seres y cosas. Sentí que me parecía en algo a ella, pues también yo había nacido como consecuencia del egoísmo humano, y, entonces, comencé a darme cuenta de qué me había hecho traerla hasta la sima.

Apaciguada al fin, consintió en escucharme. Le conté, a mi vez, que el conjuro de mi padre, el Rey, me había encerrado en este cuerpo de culebrón para castigar mi osada conducta, que durante siglos había esperado los besos redentores de alguien que me quisiera y que, ahora, sólo me quedaba el olvido... y la muerte. No podía creer que yo, un orgulloso cuélebre, estuviera rindiendo pleitesía a una humana, que estuviera confiando la historia de mi vida a aquella mujer. Sin embargo, comprendí que me acosaba la desesperación, ella era, quizá, la última esperanza. Todo mi orgullo y poder estaban a sus pies.

Se levantó y, acercándoseme, me preguntó:

—¿Y dices que sólo tengo que darte tres besos para liberarte?

—Sólo tres besos en la lengua, dices bien —las alas me empezaron a temblar—, pero será una experiencia terrible para ti, algo pavoroso.

—Y después, ¿qué pasará...? —me susurró. Estaba cada vez más cerca de mis fauces.

—Aparecerá la persona que llevo dentro y el cuélebre se sumergirá para siempre en su mar, para morir en paz —no le hablé de las riquezas que poseo, así pues supuse que rechazaría lo que yo estaba deseando.

—Me salvaste la vida y voy a devolverte el favor —dijo ella, mientras yo abría la boca ávidamente.

¿Los besos de una mujer romperían el conjuro? El miedo a una muerte estéril, empero, era más fuerte que el amor contra natura. Saqué la lengua y ella la besó. La sensación que me inundó fue más placentera, incluso, que la que me produjo el beso del caballero Ulrigh; si ella no se arredraba mi camino de siglos había tocado a su fin. Abrí más las fauces y recibí en la lengua maloliente el segundo y el tercer beso…

Se me abrió entonces el Paraíso. Sentí cómo algo iba creciendo en mi interior, produciéndome un deleite indescriptible. Conforme aquello crecía, se deslizaba hacia mi garganta acariciándome por dentro, susurrando lo impronunciable, amasando lo intangible: era la dicha de cumplir con el destino para el que había sido creado.

Un intenso resplandor alumbró la caverna. El río reflejó de nuevo mi imagen y también la de la bella dama desnuda, de largos cabellos rubios y ojos azules, que había surgido de mis entrañas. La dama se acercó a mí, me acarició y besó y luego se dirigió a la otra mujer:

—Soy Leonor de Thaün y vos, mi señora, me habéis liberado...

Ahora, cubierto por el agua, a punto de yacer con la eternidad, he plegado las alas, ciñéndolas al cuerpo; mis escamas se han tornado oscuras y cierro los ojos. Leonor y la joven que salvé, y me salvó, hace tiempo que partieron. Las imagino ante el premio de los tesoros que durante tantos siglos guardé, debatiendo sobre su imposible amor, aunque mucho ha cambiado el mundo de los humanos y quizá puedan mostrar su pasión sin empacho ni desmerecimiento.

—¿Adónde nos dirigimos, señora? —es la voz respetuosa del capitán, que espera en la puerta del camarote la respuesta de ella.

Leonor acaricia a Inga, cierra los ojos e imagina un mar boreal, frío y encrespado.

Más tarde, el barco escora a babor poniendo rumbo hacia la constelación del Dragón, y Leonor, la hija del conjuro del rey, se duerme y sueña con un océano poblado de ballenas que cantan entre los hielos eternos, bajo la luz ermitaña de las estrellas.

Relato del autor Pedro M. Martínez Corada perteneciente al libro Nunca llueve sobre el Sáhara (Ed. Mandala & LápizCero – Madrid 2008) ISBN 978-84-935712-8-3. Página web del autor: www.martinezcorada.es.

[1] Según las leyendas, cuando un cuélebre envejece el agua dulce lo rechaza y entonces se refugia en un mar interior que se encuentra debajo de la superficie de la tierra, denominado «mar tapado», en donde dicen que hay un vivero de diamantes. (N. del A.)

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Oleh

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