El recuerdo

el recuerdo

Y sin darse apenas cuenta aquel hombre se encontraba de nuevo allí, sentado, sobre aquella fría y húmeda roca al pie de aquel mar enfurecido. Las olas rompían con fuerza a su alrededor salpicando con saladas gotas su rostro abatido, cuya mirada, fija e implacable, observaba las entrañas del océano.

Tan solo él, las olas rompiendo a su alrededor con fuerza y la Luna, cuya luz amarillenta alumbraba cada gota que lo envolvía, formaban aquella insólita escena.

Sin embargo, no estaba allí por gusto.

Como cada atardecer, Harry conducía desde la cuidad, en la que buscaba trabajo infructuosamente, hasta su pequeña casa en la costa. Era aficionado a la lectura, solía pasarse horas y horas inmerso en las aventuras de sus libros. En muchas ocasiones, se olvidaba de todo con tal de leer, incluso de cenar. Cuando el sueño le vencía, subía al dormitorio y se acostaba. Pero, muy a su pesar, había un mal que no le dejaba descansar.

Cada noche volvía a repetirse. Lo que comenzó siendo una mala noche sin conciliar el sueño se iba convirtiendo, cada vez con mayor frecuencia, en algo verdaderamente perturbador.

Un recuerdo quería entrar en su mente una y otra vez; sin embargo, no lograba recordar.

Había acudido a médicos, psicólogos, psiquiatras y toda una retahíla de especialistas que no podían solucionar su mal. No, definitivamente, su problema no era una enfermedad. Pero algo, algo muy remoto y cercano al mismo tiempo, le ocupaba la mente, impidiéndole descansar. Cuál era la solución a su problema, ni él mismo lo sabía.

Las olas continuaban rompiendo a su lado, evitando que el silencio se convirtiese en hijo de la noche. Poco a poco la oscuridad se hacía menos densa, anunciando la llegada del nuevo amanecer. Para Harry, tan normal y tan amargo como otro amanecer cualquiera. A lo lejos, el horizonte empezaba a clarear tímidamente, pero los primeros rayos de Sol no eran motivo de ánimo ni espreranza para el hombre abatido.

Dejándose llevar por la rutina, Harry regresaba a su casa y dormitaba intranquilo un par de horas antes de ir a buscar empleo a la ciudad. Y así, día tras día, noche tras noche, el hombre apesadumbrado era incapaz de liberarse de aquello que le oprimía.

* * *

Una noche como otra cualquiera, Harry bajó a la playa. Se sentó como solía hacerlo sobre la misma roca de siempre, las olas rompían con furia esta vez, el mar estaba agitado. Sin esperárselo, divisó algo en el agua, a lo lejos. No era capaz de distinguir de qué se trataba. Movido por la curiosidad, se acercó todo lo que pudo, sin meterse en el agua.

De pronto, le dio un vuelco el corazón, era una persona. Un niño, agitaba frenéticamente los brazos en un intento por mantenerse a flote. El mar estaba muy revuelto, las olas bramaban a su alrededor, el niño se estaba ahogando. Harry, sin pensárselo ni un sólo segundo, se lanzó contra el mar. Nadó con todas sus fuerzas, la corriente era intensa, pero la voluntad del hombre era férrea. El niño estaba más lejos de lo que parecía. Las olas eran altas, a intervalos el hombre perdía de vista la joven criatura que luchaba por sobrevivir. Nadó y nadó, hasta la extenuación. Había perdido de vista al niño.

Cuando toda esperanza parecía perdida, lo vio de nuevo, estaba vivo, movía desesperadamente los brazos. En ese momento, Harry lanzó un grito de furia y cargándose de valor hizo un último esfuerzo para llegar. No podría decir cuánto tiempo tardó en llegar hasta el niño, lo que es seguro es que se dio toda la prisa que el mar le permitía.

Por fin había llegado hasta el joven niño. Sin embargo, su cuerpo agotado flotaba boca abajo sobre la superficie. Las olas se habían calmado, el niño había fallecido. Cuidadosamente, Harry se acercó al cuerpo sin vida del muchacho, le dió la vuelta y pudo ver su propio rostro.

Ahora podía verlo todo con claridad. Los recuerdos entraban de nuevo en su mente, por fin podía descansar.

Y tras esto, una dulce niebla los envolvió; al disiparse, no quedó rastro de ellos.

Autores: P. Miralles, J.M. Neva
Año: 2010

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Oleh

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