Andando el tiempo...(¡deprisa!)

reloj de arena

"¿Qué el tiempo pasa, me dices? ¡Ay, no! Pasamos nosotros, el tiempo no."
Austin Dobson (La paradoja del tiempo).

La provocativa idea de que el tiempo de algún modo puede ser dominado es casi tan antigua y persistente como la humanidad misma. De hecho, fue con el advenimiento del homo religiosus que ésta apareció de manera evidente en los mitos cosmogónicos y de origen, así como en las escatologías y en los rituales iniciáticos de regressus ad uterum.

Sin embargo, claro está, el escenario del mundo arcaico en nada se parece al actual y, por consiguiente, son también muy diferentes las motivaciones que nos ponen ahora a pensar acerca del paso del tiempo. Es decir, ya no lo valoramos por su cualidad creadora –como el hombre de antaño– sino más bien por su "valor metalizado": el tiempo es oro...

Así las cosas, podemos inferir que por lo menos hoy en día la cuestión ya no es tanto el paso del tiempo como su aprovechamiento. Y el porqué es muy sencillo: sujetos a "cotización de mercado", minutos y segundos cuentan en relación con su "capitalización". De modo que a nadie puede tomarle por sorpresa que una característica emblemática de la época sea, precisamente, la vertiginosidad. Ganarle la carrera al tiempo, pues, se ha convertido en una suerte de incontestable imperativo social. Conque, pasarse la vida yendo y viniendo deprisa y sin ninguna pausa es, entonces, la mejor traducción del mandato.

Ahora bien, cualquiera podría lícitamente sostener a continuación que la relación entre el tiempo y la aceleración no es una fórmula antojadiza. Y, en cierto modo, habría que darle la razón. No obstante, suponer por eso que el modus vivendi de millones de individuos agitados es de veras un ejemplo a seguir es como creer que comer basura es delicioso simplemente porque tantos millones de moscas no pueden estar equivocadas.

En rigor, como nos lo ha explicado Einstein con su Teoría Especial de la Relatividad, el tiempo acelera o ralentiza su paso dependiendo de la velocidad a la que nos movemos. Cosa que puede parecernos en principio inverosímil, pero que está suficientemente demostrada con experimentos que, incluso, tienen que ver con lo cotidiano, como, por ejemplo, el hecho de que relojes muy precisos transportados en aviones atrasan en comparación con otros relojes idénticos en reposo. En consecuencia, diremos, un poco groseramente si se quiere, que a muy alta velocidad el tiempo se hace lento. Lo cual, con arreglo al gusto de quienes piensan que hacer un alto es perder el tiempo, es una justificación inmejorable para continuar en carrera. Casi tan buena como aquella de que el fin justifica los medios.

¡Imagíneselo! Es tan simple como sumar dos más dos: a mayor velocidad, mayor dilatación temporal; luego, uno no sólo le saca provecho a eso llenándose los bolsillos sino que, además, envejece menos que los amigos y parientes. Nada de lo malo y todo de lo bueno...

Pero, para ello hay que ir de veras muy rápido. Más rápido que rápido, para ponerlo tal como es.

Sin embargo, veremos de inmediato que este ideal es a la postre nada más que eso; algo así como la dama que descubre por fin que su príncipe azul era en realidad un pitufo barrigón.

En substancia, si por ejemplo fuésemos tan rápidos como alguno de esos superhéroes de historietas, notaríamos que a medida que nos acercamos a la velocidad de la luz el mundo adquiere, desde nuestro punto de vista, un aspecto muy raro: el cielo se oscurece progresivamente y todo cuanto podemos ver acaba restringido a un angosto segmento de firmamento, comprimido en una especie de ventana circular que permanece por siempre delante de nosotros. Algo parecido a lo que le sucede al burro con anteojeras que va siguiendo la zanahoria – esto, desde luego, dicho sin ánimo de ofender a nadie, y mucho menos al burro...

Asimismo, otra consecuencia igualmente desagradable es que a tal velocidad la masa de nuestro cuerpo aumentaría en extremo, a la vez que quedaríamos comprimidos en la dirección del movimiento; lo que bien podría provocarnos una sensación semejante a esa de pesadez y abatimiento que la mayoría de las personas que nunca se toman un respiro experimentan hacia el término de una jornada del tipo one day, one dollar, pero peor.

En cualquier caso, afortunadamente, nadie, por más que quiera, puede correr todo el día de aquí para allá así de rápido. Bueno, no al menos físicamente...

Pero, en definitiva, lo cierto es que aquí el auténtico problema no es qué tanta prisa hace falta para ganarle al paso del tiempo – que, de otro modo, es más o menos lo mismo que suponer que el tamaño del iceberg se limita sólo a la parte que vemos a flote -, sino, más bien, qué tanto merece la pena enajenar, además, el tiempo de nuestros afectos...

Porque, hay que decirlo, si acaso el costo del tiempo implica también esto, tarde o temprano, todo el oro acumulado en el cofre, al final del arco iris, acabará convertido en mera pirita...

Autor: César Reyes de Roa (www.antiguosastronautas.com)
Año: 2002

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